Elogio de la mili

Con mis compañeros de cuartel

Hoy es muy difícil hacer un elogio de la mili, el servicio militar obligatorio por el que pasé hace cincuenta años. Entonces España era muy diferente a la de hoy. Ciertamente no había libertad, pero había igualdad por lo menos un aspecto: el de “cumplir”. No se salvaban más que los incapacitados para cualquier función dentro de las ramas militares. A todos nos caía el uniforme, el cuartel y el trato rudo de cabos y sargentos. Dentro del Arma se hacía selección. En la Marina, donde serví, se podía ser “capitán de jardines” (encargado de tener limpios los retretes) o llegar a ayudante de un jefe en su despacho.

En aquellos tiempos la mili servía para todo tipo de reclutas: a los que nunca habían visto mundo los arrancaba de su aldea y los llevaba a destinos en ciudades con bullicio; y a los que traían a cuestas mucho mundo (vivido o leído) les enseñaba a obedecer y callar.

En mi brigada había unos veinte estudiantes frente a una gran mayoría de marineros del País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia. Allí nos encontramos -en Ferrol- compartiendo litera, comida y sudor. Y no solo eso: compartiendo vivencias, del momento y de atrás, las que nos habían hecho diferentes.

Nunca le acabaré de pagar a la Marina Española el favor que me hizo obligándome a convivir con el Lequeitio, que levantaba piedras y llevaba el “rifle” (así le llamaba al mosquetón) echado para atrás porque se lo empujaba el pechazo enorme, o con el Rianxo, que conocía el mundo por las casas de pecado de los puertos, cuyos nombres recordaba sin tener claro a qué país pertenecían. Gracias a la mili supe lo que era gente que nunca habría conocido de otro modo: en teoría ninguno de nuestros compañeros era analfabeto, y, de hecho, sabían leer; pero malamente escribían, sobre todo gallegos y vascos, porque habían sido escolarizados en castellano, idioma que no usaban en sus relaciones. Sin darme cuenta, me convertí en escribano; les escribía lo que me dictaban y así me hice amigo y casi familiar…

La mili obligatoria no solo servía para tener tropa sin sueldo sino para homologar a la gente. Me cuentan los amigos militares que los ejércitos profesionales tienen grandes ventajas y yo les retruco que, en el caso de España, parecen mostrar la de dar empleo a extranjeros. A veces sueño con una República Federal Española con fuerzas armadas populares en las que se encuadren militares profesionales y reclutas de todos los géneros, mujeres y hombres que se encuentren en un ámbito de disciplina y consciencia de sus obligaciones ciudadanas.

Siempre me ilusionó la democracia participativa de Suíza, país en el que el servicio militar obligatorio se extiende hasta que la gente es muy mayor. Claro que, pensando en España, todo puede ser ilusiones de viejo.

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