Hiperleísmo madrileño viral

Para hablar del “hiperleísmo madrileño viral” espero que el lector benévolo me admita una anécdota:

Ya hace mucho, décadas, me encontré en el aeropuerto con el profesor Darío Villanueva, hoy director de la Real Academia Española. Ambos viajábamos a Buenos Aires. Yo aprovechaba viaje para presentar en la Feria Internacional del Libro una colección de relatos que por ahí anda, ‘Contos das Américas’ en gallego y ‘Cuentos de las Américas’ en castellano. Como el vuelo es muy largo -más de medio día en el aire-, Darío, siempre deseoso de novedades, me pidió un ejemplar para irse entreteniendo. Al llegar a Ezeiza me dijo una frase inolvidable: “Estás en lo mejor de la vida: todos tus colegas dirán que eres un magnífico escritor pero un mal ingeniero; y todos los escritores dirán que eres un gran ingeniero pero un mal escritor”.

Lo cuento porque tengo por costumbre meterme en áreas de conocimiento y elucubración que en apariencia no me corresponden. Alguien se puede preguntar qué hace un doctor en Informática opinando sobre cosas de la lengua. Tendría que defenderme diciendo lo que nos decía un catedrático de la Escuela de Telecomunicación: “El ingeniero se debe distinguir por conocer bien los códigos y aplicarlos correctamente”.

Poca gente sabe tanto de lenguajes humanos y de máquina en conjunto como un profesor de Ingeniería Telemática. Por tal condición espero que los señores filólogos sepan perdonar el atrevimiento que sigue. Voy a hablar del “leísmo” y la deriva en que nos mete a los españoles:

Aprendí a hablar castellano diciendo “llamarlo [a él] por teléfono” y “olerle [a él] el vino”. Para contraste, como pasa en cualquier situación diglósica, esa pieza de código lingüístico se me reforzó con las versiones en gallego: “chamalo polo teléfono” y “cheirarlle o viño”. La regla era la misma pasada el femenino: “llamarla por teléfono” / “chamala polo teléfono”; “olerle el vino” / “cheirarlle o viño”.

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Cuando llegué a estudiar en la Universidad de Madrid, enseguida corroboré el caso observado en parte de la literatura de producción castellana, pero nunca en la procedente de Hispanoamérica: el leísmo, acompañado (ojo al detalle) por el laísmo: los madrileños decían “llamarle por teléfono” y “llevarle el vino” para el masculino además de “llamarla por teléfono” y “llevarla el vino” en relación al otro géneroObservando formas curiosas de hablar, llegué a la conclusión de que todos los madrileños -y desde hacía mucho- cometían el error del leísmo sin escrúpulo, y hasta lo defendían, mientras que se dividían por el laísmo en clases sociales: la gente “bien” jamás diría “olerla el vino”, “la dije eso” o “la enseñé mi casa”…

La popularización de la radio en FM, en paralelo con el aumento de cobertura de la TVE (recuérdense los “teleclubs” que llevaron el habla de Madrid hasta las aldeas más apartadas), hicieron que se oyesen -y se extendiesen- unas variantes del castellano claramente minoritarias. El leísmo dejó de ser raro entre castellano-hablantes que no lo practicaban y eran mayoría (leoneses, extremeños, andaluces…), y hasta se transfirió a zonas de habla diferente que admitían el castellano en el juego diglósico. Durante décadas el leísmo tomó tanta fuerza que una fórmula como “les (los) invita a la comida” llega a aparecer en mal gallego como “convídalles (convídaos) ao xantar” (y me gustaría conocer si hay equivalente de esta influencia madrileña en catalán).

De andar por las Américas, del Norte y del Sur, vine a saber que ni el leísmo ni el laísmo existen por allá (algo de laísmo sí hay en el Paraguay; pero leve). En tres ferias del libro -de Miami, Guadalajara y Buenos Aires- escuché repetidas quejas de críticos sobre las traducciones hechas a la española, no solo por la introducción de palabras “madrileñatas” al estilo de “currar”, “molar”… sino por las confusiones a que lleva el leísmo.

Desde hace poco, aparece una nueva moda madrileña que se extiende de manera viral desde los medios de comunicación tradicionales y con apoyo de las nuevas redes de frase breve: la del hiperleísmo. No solo se usa el pronombre le/s en lugar de lo/s sino que se llega a sustituír el la/s. Se oye -y se ve escrito- “le llamé a ella” o “les abandonan [a ellas]”, como en el ejemplo que se muestra, debido a un cronista tan gallego que parece no saber traducir caldeirada y pescantinas al castellano.

Lo curioso es que este leísmo femenino se produce como reacción al laísmo: para evitar algo “de gente baja” (así escuchado en el Madrid de hace cincuenta años), los madrileños finos se metieron en una dinámica empobrecedora del idioma. Lo malo puede ser que el foco de “idioma guay” madrileño está irradiando el equívoco hiperleísta sobre el resto de España. Ojalá que Hispanoamérica se libre, que en los países con más gente de habla castellana se conserven las reglas que ayudan a entenderse con mayor precisión y rendimiento intelectivo del discurso.

Cosas veremos, que aquí quedan advertidas.

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