Una mujer (violada) en Berlín

Uma Mulher em BerlimHay libros que desde la primera página se anuncian como leíbles sin parar… y necesariamente releíbles. Tal es el caso del oficialmente anónimo Una mujer en Berlín (Anagrama, 2006) que tuve el placer de leer en su versión portuguesa, una traducción que deja pocas posibilidades de traición a quien la hizo pues el relato tampoco da para invenciones.

En los libros de Historia se tratan las batallas a vista de pájaro, difícilmente se desciende a la realidad de los que mueren o superviven con armas en la mano; y menos aún a la de los que pululan desarmados entra bombas y balas. Es extrañísimo que se cuente lo que sufrieron civiles pillados entre dos ejércitos.

¿Qué les pasó a los vecinos de Berlín mientras el Ejército Rojo avanzaba por su ciudad calle a calle en la primavera de 1945? ¿Qué les ocurría a las berlinesas según llegaban oleadas de hombres que hoy vivían pero mañana podrían morir?

Lo mismo que a las mujeres de la URSS cuando entraba la Wermatch en cualquier población del frente oriental durante el verano de 1941. Queda claro en Eine Frau in Berlin: los violadores (o incitadores al sexo con comida) decían tranquilamente que ellos hacían a las hembras de los vencidos lo mismo que los asaltantes de Rusia habían hecho a sus hermanas, a sus esposas, a sus madres, a sus hijas.

Con una diferencia: en el Ejército Rojo había mujeres militares que dejaban a sus colegas hacer sin inmutarse, o hasta ayudando…

Sangre, sudor, heces, vómitos, pólvora, muertos (gente y caballos, que valían para comer hasta que se pudrían de más), ruinas… En las ruinas moran seres que quieren vivir. Uno de ellos es una vecina peculiar, joven, bonita y que habla ruso. Y va a defenderse compartiendo cama con los jefes soviéticos que la libren de la tropa, de que los soldados la violen tanto que se asquee y quiera morir.

No hay ficción. La autora fue una periodista cuyo novio no se quiso casar con ella al saber que lo mandaban al frente: era huérfano de caído en la I Guerra Mundial y no quería dejar hijos huérfanos…

Bien: no destripemos la historia. Digamos que se hizo una película en 2008 con concesiones al amor de la protagonista con un oficial ruso. También, que el texto fue publicado por primera vez en 1954 en inglés; y por segunda vez en 1959 en alemán, provocando un terremoto de acusaciones: la autora, anónima, “ensuciaba el honor” de las mujeres alemanas.

Esa autora, quizá temerosa de verse rechazada, prohibió que se volviera a publicar mientras ella viviese. Su voluntad fue cumplida. Murió en 2001 y en 2003 se publicaría, llegando a ser un rotundo superventas en Alemania: los tiempos habían cambiado. Pena que Marta Hillers, quien se ocultaba bajo el anonimato, no pudiese llegar a ver su triunfo.

Fue su único texto largo. Por él pasó a la Historia de la Literatura Mundial. Costó trabajo identificarla, pero al final se supo quien era la mujer que había contado lo mismo que podrían contar centenas de miles de mujeres alemanas. Se calcula que diez mil de ellas se suicidaron después de ser reducidas a guiñapos por los soldados soviéticos (¿cuántas ucranianas y rusas se suicidaron como consecuencia de la Operación Barbarroja?).

Pero las otras alemanas violadas siguieron vivas. Marta cuenta como algunas vecinas hasta salieron beneficiadas del expolio que los “bárbaros eslavos” hacían en las propiedades de los “civilizados arios”. Leamos Una mujer en Berlín e intentemos ponernos en la piel de quien escribió heroicamente, para dejar testimonio de un horror que volvería loco a quien no mereciese vivir tanto como ella, ensuciadora del honor de las mujeres de su Patria.

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