Albero y el señor del corage

Jorge Newbery el señor del coraje 300pxDanilo Albero es un hombre de Letras que me causa inmensa envidia: debe llevar leído lo que yo nunca leeré; y creo que aún me aventaja en cuanto a las lenguas que entiende. Pero lo mejor de todo de este hombre, que hasta fue librero, es que lo “mata” la curiosidad intelectual: todo le vale. No tiene prejuicio ente la materia del conocimiento.

Declaro mi orgullo de pertenecer a los de Ciencias que adoramos las Letras y hasta nos atrevemos a practicarlas, como proclamo mi admiración por los de Letras que se atreven a meter las narices en las cosas de la técnica. Normalmente es más fácil para la gente de formación matemática y física comprender las exquisiteces de la prosa y el verso que lo contrario: las ecuaciones son duras de engullir.

Por eso no es común que un egresado de facultad literaria se meta a estudiar cómo vuelan los globos y los aviones, qué hace la meteorología con los osados que se lanzan a volar, cómo se mejoran los motores de combustión y los combustibles, cuáles son los lubricantes más fiables para un determinado tipo de bencina…

En Jorge Newbery, el señor del coraje (Editorial Sudamericana) parece que se juntaran el hambre con las ganas de comer: el ingeniero Newbery devoto de las artes aparece reconstruido por el escritor que goza con los prodigios de la ciencia aplicada. Danilo Albero no escribe una biografía constreñida, ceñida a los hechos contrastables de la vida breve del pionero argentino de la aviación. Hace un juego al que todos los fabuladores tenemos derecho: inventar pedazos de vida que el biografiado dejó suponer.

La obra de Albero es un novelón delicioso que nos lleva a la Argentina empeñada en ser la nación contrincante del imperio imparable del Norte. Por el escenario que nos delinea el narrador circulan personajes ilusionados, quizá ilusos, que soñaban con hacer de la desmesurada República Austral otro remedo de Europa como los Estados Unidos. No sólo interesa conocer las peripecias vitales de Newbery (tipo poliédrico donde los haya) sino los avatares de la nación que el héroe ayudaba a construir cuando “la suerte, que es grela” (mujer) lo llevó a un final prematuro y traumático, para él, que feneció volando, y para el país que lo adoraba.

El señor del coraje pasó hace tiempo a la sección de libros releibles de mi parca biblioteca. Si hoy lo comento es porque lo volví a dejar en la mesilla de noche: señal de que lo empezaré de nuevo.

Lo recomiendo, para argentinos y para foráneos que deseen saber da la argentinidad de hace cien años, de aquellos lodos y de estos polvos.

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