El diario de una superviviente

Le Journal d' Helga 300pxEs dicho repetido en Galicia que “el Miño lleva la fama y el Sil lleva el agua”. Con esta cita popular y fluvial quisiera referirme a dos documentos autobiográficos relacionados por la misma atrocidad, la persecución de los judíos de toda nación y clase en la Europa dominada por el nazismo. Uno es el Diario de Anne Frank, archiconocido en todo el mundo, y el otro el Diario de Helga, bien conocido en su Checoslovaquia natal y posteriormente difundido a través de traducciones a los idiomas “mayores” de Europa.

Anne y Helga pensaban en idiomas “menores” pero no minorizados, neerlandés y checo, respectivamente. Pertenecían a familias acomodadas judías. Vivían en las capitales de sus países pequeños y aplastados por Hitler y sus cleptócratas. Niñas vivaces, sensibles, ambas se lanzaron a relatar unas existencias compartidas con quizá millones de criaturas como ellas. Anne Frank era mayor que Helga Weissová y empezó a escribir después. Helga aún no había cumplido nueve años cuando los alemanes convirtieron Checoslovaquia en una triste colonia. Enseguida comenzó a escribir y a dibujar, porque desde pequeña apuntaba a lo que sería de mayor: artista gráfica.

Con la anterior frase ya queda marcada la diferencia principal entre esas dos adolescentes al final de la guerra: la Weissová sobrevivió. Pero hay más diferencias entre ellas, que inclinan mi gusto hacia la obra de Helga: esta chica no solo cuenta el horror de vivir bajo la bota del alemán sin alma, capaz de seleccionar personas como si fueran ganado (arios, judíos y mestizos). Describe la vida (por llamarle así) en los campos de concentración.

Si conocemos el diario de la pobre holandesita es porque algún “ario” de buen corazón se lo entregó a su padre cuando Holanda volvía a respirar después de la pesadilla. La supervivencia el diario de Helga se debe a que un tío suyo lo emparedó, junto con los dibujos y, casualmente (que todo es casual en la vida), pudo rescatar tan valiosos documentos. Helga Weissová sobrevivió al gueto de Terezin, y a los campos de Auschwitz, Frieberg y Mauthausen. Cuando se encontró libre en Praga –confiesa–, se apresuró a escribir lo que en aquellos lugares de inmundicia no pudo, simplemente porque no tenía con qué. O sea, su “diario” es eso en parte, pero también una “memoria en caliente”.

El resultado viene a ser un paseo por la ignominia, un aviso de cómo los humanos podemos dejar de serlo ante las atrocidades. La diferencia entre los relatos de testigos adultos sobre la Shoá y el de Helga es el punto de vista, hasta físico, porque la niña veía los horrores desde abajo. Y, al acabar de leer, una vez más nos tenemos que preguntar por la inmensa estupidez del nazismo, y por el aborregamiento de la nación alemana: esa gente, que no maginaba el ADN y la genómica, soñando con la “raza pura” destruyó una infinidad de vidas plenas, útiles, talentosas, posiblemente geniales, que hubieran contribuido a crear la Europa próspera en que la industria alemana se hartase de vender inventos pacíficos.

Pero así fue, aunque por fortuna se salvaron personas creadoras y posteriormente laureadas como quien hoy, todavía viva, se llama Helga Hošková-Weissová. Yo leí su historia traducida al francés como Le Journal d’Helga (Témoinage et dessins d’une enfant rescapée de la Shoah), publicado por Belfont. Lo hay traducido al castellano y editado por Sexto Piso. Permítanme recomendarlo vivamente.

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