Argentina, tierra de pillaje

Fusion PeronistaSiempre diré que Bruce Chatwin –gloria haya, pobrecito– anduvo por una Patagonia medio soñada, y que no se enteró bien de lo que es la república de los prodigios, Argentina. In Patagonia, su obra afamada, deja las cosas como mágico-realistas cuando, de veras, son prodigiosas.

No puedo decir lo mismo de Vidia Naipaul, autor de The return of Eva Perón. Este hombre raro (en lo físico y en lo mental) mantuvo durante muchos años relación con una dama de la high life angloargentina que lo introdujo en la realidad caleidoscópica de aquel inmenso mundo austral. El premio Nobel (considerado por los anglos argentinos como un brown boy impertinente) resume en ese libro su visión sobre el país: “Argentina, land of plunder”, a lo que me señora suegra añadiría: “And of blunder”.

Cierto. Me duele reconocerlo pero, sí, Argentina es una tierra de pillaje y meteduras de pata. Todo el mundo intenta echarle mano a lo que ofrece el país, único, donde se dan todos los climas (menos el tropical marítimo), vastísimo territorio de infinitos recursos, principalmente carne y cereal para saciar las hambres del Globo (recuerden los británicos dos guerras mundiales y los suministros salvadores de las pampas). Allí muchos de los que medran sobre el pillaje se lanzan a demagogias estrambóticas; personajes como la Señora K (Cristina Fernández de Kirchner), enjoyada y reparada (“Morritos Calientes”, “La Yegua”…), proyectan al concierto de las naciones una imagen irrisoria.

Cuando se contemplan las estelas de quienes amasan poder en la tierra de acogida para millones de europeos, conviene mirar atrás en busca de seres míticos nacionales: en parte proceden de Europa pero mayoritariamente surgen del país profundo, indígena, aunque a la historiografía oficial de la República le cueste aceptarlo.

De la Quebrada de Humahuaca a los lagos glaciares de la Patagonia, de las alturas secas del Cuyo a la selva inundada del Paraná, el espacio de la actual Argentina fue poblado por cientos de “naciones” (como les llamaron los “padres adelantados” que conectaron con ellas para convencerlas de que Cristo es la Única Verdad). Algunos pueblos de esos eran agrícolas, “mansos”, y otros eran cazadores, “bravos”, sobre todo a partir de cuando descubrieron que los caballos de los huincas valían para desplazarse a gran velocidad.

Si los españoles masacraron muchas tribus en nombre de la Religión, a partir de la independencia de la colonia los criollos siguieron haciendo barbaridades contra ellas en nombre de la Civilización. Con todo, quedó mucha “indiada”, hubo mucho mestizaje de “cristiano” y “china”; se heredaron mitos de los pueblos antiguos.

Al tiempo de acabar con indios molestos y ganar tierras para ganados y cultivos, los fundadores de la patria anunciaron en el Viejo Mundo que todos los necesitados serían bienvenidos. Y comenzó el aluvión de gallegos, tanos, ingleses, rusos, turcos…

Pero ni los gallegos eran todos de Galicia, ni los tanos eran todos napolitanos. Los ingleses eran británicos (famosos los galeses, que montaron república aparte en la Patagonia); los rusos eran centroeuropeos súbditos del zar; los turcos, inmigrantes con pasaporte del imperio otomano. A la Argentina llegaron muchos católicos, bastantes protestantes y ortodoxos, numerosos judíos y algún musulmán. Traían cien idiomas vivos y cuatro lenguas de libro sagrado.

Todas las costumbres de Europa se fueron haciendo sitio en suelo de acogida. La escolarización fue objetivo de los criollos con mando: la escuela servía para “hacer argentinitos” de los hijos de los inmigrantes. La universidad fue empeño de todas las familias arribadas por las aguas barrosas da La Mar Dulce. Soñaban con “m’hijo el dotor”.

Pero el pueblo inculto, del peón y la mucama, también crecía; con sus creencias, manejadas por la Iglesia de un Estado cuyo Jefe ha de ser católico (de ahí que el “turco” Ménem se bautizase para optar a la presidencia). Con tiempo y sucesivos papas de Roma, un santo popular como el mapuche Namuncurá –venerado por su nación patagónica– se convertiría en santo oficial mientras otros siguen en el primer estadio de santidad. Tres tienen culto por todo el país: San Lamuerte, La Difunta Correa y El Gauchito Gil.

San Lamuerte es bastante repulsivo: a fin de cuentas un esqueleto con guadaña. Aun siendo invento guaraní, encabeza el ranking de los santos en todo el país. Atiende asuntos de amores, hallazgos y trabajos. Se especializa en destruir enemigos de sus devotos.

Más agradable es la Difunta, madre con grandes senos de los que seguían manando leche después de fallecida ella. Sobre su cuerpo, vive –y mama– el hijito que llevaba consigo en la travesía de los yermos sanjuaninos, donde acecha la muerte por sed. Hace favores de todo tipo a los creyentes y tiene santuarios por los caminos del país desmesurado. En lo más duro de Far South patagónico montones de botellas de agua vacías los señalan.

Y simpático es el Gauchito Gil, adorador de San Lamuerte y vidente milagroso que, cuando iban a ser degollado, advirtió a su verdugo de la enfermedad de un hijo. Le recomendó que rezase por él en su propio nombre, cosa que hizo el degollador con resultado de que el muchacho se librase del mal. Hasta la punta del Cono Sur llegan las capillas del Gauchito, con ofrendas de agradecidos a distintos favores. Le ofrecen vino, que abunda en la Argentina…

Pero todos estos trasuntos de antiguos dioses menores palidecen ante la santa que vivió del brazo de un santo: San Perón. En los tiempos de gloria del general filonazi, filofascista y filofranquista, los “negros” (miembros de la chusma morena, aindiada) se juntaban ante la Casa Rosada, tocaban el bombo y gritaban “¡Queremos San Perón!” hasta conseguir un día de asueto fuera del santoral.

Santa Evita fue un personaje típico de la zarzuela criolla. Todo un peligro para el establishment que consideraba a los sindicalistas como “zurdos”, peligrosamente inclinados al comunismo o al anarquismo. Aquella mujer repeinada, requetemaquillada, falsa como una peseta de madera, causó terror durante su visita a la España del hambre. Echó un discurso a los obreros de Vigo y hubo que mandarla en avión a Zaragoza para que se entretuviera con una oferta a la Virgen del Pilar.

Eva Duarte de Perón medró apoyada por el tipo artero que había conseguido acabar con el sindicato metalúrgico comunista durante los momentos duros de la II Guerra Mundial. El coronel (pronto general) fue responsable del departamento de Trabajo tras el golpe militar de 1943. Desde ese puesto abrió la línea sindical que se enquistaría para siempre en la vida argentina: el peronismo, que transcendió a la política y, finamente, a la mística.

Evita llegó a hacer lo que le daba la gana para pervertir al pueblo con la idea del regalo, del sueño realizado. Peronizó todo. Y, al morir joven y –falsamente, insistamos– linda, ascendió ella solita a los altares. Décadas después, aparece en cualquier lugar divinizada, como estatuilla alba, semejante al gran mito católico de Argentina: Nuestra Señora de Luján. Si esta advocación es la protectora de los viajeros, Santa Evita es la de los carenciados.

La Santa, más importante que la Virgen patrona oficial de la Argentina, Uruguay y Paraguay, llegaría a ser personificada por Madonna (todo va de señoras) en una ópera famosísima. Y hoy, contra natura y contra la Historia, el Photoshop la junta con otro mito cuasi religioso mundial: el Che Guevara, que los curas “revolucionarios” asemejan a Cristo.

Así llega nuestra carísima Argentina a fines de 2015, con calor de verano austral, muchos mitos y su sistema socioeconómico abocado al hundimiento. La señorona Fernández no dejó exhibir el presidencial cadáver de su esposo, ni mucho menos consagrar como San Néstor al fulminado (por infarto, bala o veneno). Guardó para gloria propia los subsidios del tardoperonismo kirchnerista: acostumbró a un enorme pobrerío a vivir del Estado… y ahora entra a mandar, con derecho a presidencialismo, un empresario que no traga sapos de esa especie.

Mauricio Macri es hombre de realidades. Su padre fue uno más de los tanos que supieron laburar (e imponer términos italianos como ese). Se hizo rico con negocios legales, aunque en la Argentina difícil es no bordear la legislación, cuando el principal deporte nacional es mentir al Estado. El hijo ya es ingeniero (algo más importante que dotor), trabajó en distintas empresas y, probablemente pensando en saltar a la política, se metió a gran jefe del fútbol.

Conoce bien por donde navega, hasta la entraña negra de la corrupción mafiosa que impide a su patria ser “los Estados Unidos del Sur”: lo secuestró una banda de comisarios de policía que le sacaron seis millones de dólares de rescate. Accederá a la Casa Rosada, y a la Quinta de Olivos, con un signo monetario nacional loco, prohibidas las importaciones industriales y la exportación de carne, abandonadas las explotaciones de soja, cereal y ganado … Solo la media docena de valores del peso ya le llegan para hacer trabajar las neuronas (hay un 60 % de diferencia entre el euro vendido en un banco o en un “arbolito” de la calle).

Macri sobrevolará el Gran Buenos Aires en helicóptero para ir de casa al trabajo y vuelta, verá el Río de la Plata, el más ancho del Planeta, y una de las urbes más extensas de las Américas. Contemplará allá abajo las “villas miseria” que el peronismo viene inflando durante siete décadas porque los “negros” votan. Dicen que no puede arreglar la economía de golpe, que ha de hacerlo con paciencia y paños calientes… si le dejan los legisladores pero-kirchneristas, quienes ya lo advierten de que van a meter palos en las ruedas de la carreta nacional.

Pero su principal problema es el de los santos, empezando por la imagen descomunal de Evita en el edificio descolocado en medio de la Avenida 9 de Julio. Si no se pliega al evo-peronismo y a los subsidiados, aumentará el número de altares de la Santa, los del bombo saldrán de las “villas” y los “barrios” (marginales) y le armarán quilombo y despelote, quemarán ruedas de coche, romperán vidrieras de establecimientos, saquearán…

La república de los prodigios desconcierta a quien no la vive con ayuda de quienes la entienden (volvemos al problema de Chatwin). Como su moneda nacional, tiene media docena de valores: va desde la sofisticación del primer mundo bienudo a la inmundicia tercermundista de ranchitos bajo los árboles en las provincias más pobres.

Esperemos que Macri, que es multimillonario, no se dedique al pillaje y pueda ejecutar políticas de equilibrio.

Suerte, ingeniero. Y que San Lamuerte lo libre de contrincantes.

[Brit-Es Magazine]

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