Vida cotidiana de los judíos argentinos

Port Vida cotidiana juds argEn este mismo blog, no hace mucho publiqué comentarios sobre Istambul la sépharade, un libro que me interesó mucho pues tengo gran curiosidad por los sefarditas: a fin de cuentas, los españoles (mejor dicho, los ibéricos) con registro más antiguo. Siempre me pareció una crueldad estúpida obligarlos a dejar Sefarad.

Días atrás, en la librería Azeta de Coruña –ciudad con Rúa da Sinagoga y biblia judía en su historia– nos juntábamos para la presentación de Sefer Sefarad, poemario de Pedro Casteleiro que tomó nombre en sus vivencias lisboetas y cabalísticas. Ese mismo día acabé de leer Vida cotidiana de los judíos argentinos (del gueto al country) de Ricardo Feierstein. Tardé meses en leerlo porque viajo con frecuencia y es un libro voluminoso, inconveniente para andar de viaje con él. Tardé por eso y porque merece ser visto con calma hacia delante y hacia tras. No tiene desperdicio; las canta claras y clarifica ideas que uno va adquiriendo con los años, en este caso de andar por la Argentina y entre gayegos, tanos, moishes, turcos, inglesitos, rusos, bolitas y demás etnias sin cuento que conformaron el país de los criollos y los godos

Ahora pido perdón para hablar de mis vanidades literarias: quien lea Arxentina, Viaxes no país de Elal, Argentina o Bonchul, verá que los moishes siempre llamaron mi atención, y no solo los de El Once; también judíos de campo como los de la colonia “Estrella de David”, personajes de Bochul (Von Schultz pronunciado a la criolla). Desde los vendedores de ropa vieja a plazos en el tumulto porteño hasta los israelíes veteranos de guerra que encontré en la Patagonia inhóspita, todos me parecen curiosos, y muchos, agradables al trato. Los judíos me interesan porque son gente de la diáspora, como los gallegos, aunque los judíos sean menos o se oculten más (léase a Monterroso Devesa y sus estudios de apellidos gallegos por el mundo). La diáspora me apasiona, porque soy apátrida, inmigrante a un país de emigrantes y casado con una inmigrante de país de inmigración.

¿Por qué se va la gente de su tierra? Por hambre, miseria, ofensa, agresión, guerra, masacre… Eso aflora en la mayor parte de los censos de la emigración, se deduce de lo que fueron apuntando los funcionarios del Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires. Cientos de gallegos que habían pasado por él (unos llegados como polizones y otros porque alguien los tenía que “rescatar” de aquella cárcel suave) me contaron la escena repetida de los “rusos” a la espera de pan, trabajo y libertad de religión tierra adentro. Era gente más necesitada que sus compañeros de aventura trasatlántica: los “gayegos patas sucias” serían brutos y traerían necesidades, pero entendían el castellano. Los moishes llegaban a la Luna. Ni hablar podían como los cristianos de las Américas…

Leí pues, con atención, el libro de Fierstein y descubrí la epopeya de otros sometidos a chistes en la Argentina (aunque, al ser muchos menos –insisto–, sin tanto chiste imbécil al estilo de los de Muleiro). Ricardo Fierstein nos proporciona datos sobre las organizaciones judías de inmigración a la Argentina, incluida la mafia de los cafishos explotadores de mujeres de Centroeuropa. Nos relata con gran simpatía y mucho humor la vida de los gauchos judíos, escapados de la escasez de tierra y trigo en tierras del zar de las Rusias, que fueron a hartarse de carne y pan en las pampas. Y marca las diferencias entre nuestros hermanos de vergüenza histórica, los que se llevaron la llave de la casa en Sefarad, y sus hermanos de creencia que sufrieron las barbaridades de los imperios de Europa. Unos eran los “judíos turcos” y otros los “judíos rusos”. Los sefardís, que habían sido llamados por el sultán enemigo de los reinos de Occidente, pasados los siglos entrarían en Argentina con pasaporte turco.

Los judíos del Norte dejaron de ver Europa en el Faro del Adiós –la Torre de Hércules coruñesa– como cientos de miles de gallegos, y en la misma época. La emigración judía a la Argentina es contemporánea de la gallega. Aparte de casos aislados, el último cuarto del siglo XIX y la mitad del XX marcan la época del aluvión sobre las orillas del Plata. Desde su llegada, apoyándose en cualquier ayuda de gente de su religión y sus costumbres, los moishes fueron haciendo como los gallegos: trabajar y aprender, aportar sudor e inteligencia a la Argentina. Todas las familias andaban a lo de m’hijo el dotor. Y muchas lo consiguieron. Así fueron saliendo de los conventillos, que compartían con cuanta nación vomitaran los barcos en la dársena de Buenos Aires, y acabaron encerrándose en el country club, lugar amurallado y vigilado, donde los pudientes argentinos se aíslan del vulgo pedigüeño o asaltante…

¿Qué son hoy los judíos argentinos? Muchas cosas, hasta soldados en Israel: allí se los encuentra uno con su habla criolla. No olvidaron el deber sionista que llevó a tantos correligionarios europeos al desierto mísero que mal riega el Jordán. Pero Feierstein deja entrever un lamento: ya nadie habla yiddish en Argentina; se perdió una cultura de Centroeuropa; como nadie habla djudeo, el ladino de nuestros antiguos parientes. En un caso porque aquel habla dialectal germánica no tiene utilidad; en el otro porque es forma arcaica del mismo idioma que imponen los criollos.

¿Dónde se sitúan los judíos de Argentina dentro de una sociedad tan compleja como la de ese país? Hay de todo: desde los que van con levita negra sudando como pollos en pleno verano austral hasta los que, para disolverse en la argentinidad, cambian o adaptan sus apellidos estigmáticos.

Y, ya hablando de apellidos, al revisar los sefardíes, se encuentra que una buena proporción de ellos tienen origen galaico-portugués; y no es porque sean “apellidos judíos, como los de nombre de árbol”. No, porque Carballo/Carvalho o Nogueira no solo son nombres de plantas nutricias sino topónimos. Sencillamente, los judíos, como los cristianos en el Medievo era “do Carballo” o “da Nogueira”, lugar de las casas de las familias. Pensemos en villas importantes de Galicia como Carballo, Carballiño, Nogueira de Ramuín, Pereiro do Aguiar…

Feierstein llegua a decir que varios padres de la patria argentina ocultaron su ascendencia judaica, aparente en los nombres de familia. Y escoge como ejemplo a Dorrego, suponiendo que el apellido fuera en origen Do Rego, sefardí portugués… El padre de don Manuel consta en la historia oficial como “comerciante portugués”, pero ese apellido es raro en Portugal y muy frecuente en Galicia, tristemente castellanizado como Dorrego y Del Riego (que, por cierto, es mala traducción: en todo caso sería Del Surco). Mi apuesta filológica (perdonen los historiadores) es por que el prócer fusilado fuera descendiente de gallegos de tiempos de la colonia. Puestos a apostar por diásporas, masivamente van a ganar los cristianos viejos de la Gallaecia.

En fin, dejo esta discusión para un encuentro con Ricardo Feierstein, quizá en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (donde compré su obra). La ciudad invitada para la edición de 2016 es Santiago de Compostela, “la Jerusalén –cristiana– de Occidente”. Buena ocasión, pues, para el ecumenismo, el europeísmo y la historia de los pueblos errantes.

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