De polizón a la Argentina

Detrás de cada emigración hay siempre una narración épica en potencia: nadie deja lo seguro por lo incierto, como escribió Rosalía Castro, poeta de los emigrantes. Con todo, nuestro mundo comunicado y telecomunicado no es el de la generación anterior a la mía, o el de la gente que hoy se marcha de España a borbotones. El que se va hoy es emigrante a medias: nunca deja de saber al detalle lo que pasa en su país de origen ni pierde el contacto audiovisual con las personas queridas. Y, si parte de un país en paz y orden, no llega a destino jugándose la vida.

depolizonalaargentina_britesPero vayamos hacia atrás casi siete décadas, a la España donde ya todo estaba “atado y bien atado” por Franco. El año en que yo nací, Santa Evita (de Perón) visitó “la Madre Patria”. Habló en Vigo ante los obreros que los sindicatos verticales le llevaron a escuchar. La jefa de los descamisados argentinos se salió de programa y el Generalísimo, asustado por lo que dijo, la mandó muy lejos, a Zaragoza, a visitar a la Virgen del Pilar.

Uno de los descamisados gallegos que la escuchó fue Pepe Fernández, rapaz de diecinueve años que ya llevaba cinco trabajando. El discurso de la primera dama de la Argentina lo convenció de que “en esa nación estaba [el] futuro: habló de riquezas, trabajo y estabilidad social”, algo muy importante en un país que había sufrido una guerra fratricida y las secuelas de una guerra total. 1947 fue uno de los “años del hambre” en la España mísera de la “autarquía”.

El muchacho decidió emigrar pero “Mi problema radicaba en que no disponía de dinero para costear el pasaje y, además, era menor de edad [lo que implicaba] falta de documentación”. Entonces la mayoría llegaba a los 21 años, no a los 18.

Antes de que transcurrieran dos meses –relata Pepe en 2002– pasaron por el puerto de Vigo unos barcos de bandera argentina y pensé que ese era el momento de intentar el viaje como polizón. Era el mes de septiembre de 1947 y gravé en mi memoria el nombre del buque [elegido]. En la popa decía Córdoba.

Estudié todos los movimientos y noté que había grandes posibilidades de subir a bordo. Cruzo la soga que hacía de contención y decididamente me dirijo a la planchada. Un carabinero que me observa alcanza a agarrar una parte de mi chaqueta, tirando fuertemente. Aun así, puedo asirme a la cadena del ancla [trepo por ella] y con la ayuda de un pasajero me introduzco por el agujero, pero el operativo de caza ya se había montado y me detienen en cubierta. Eran argentinos, les ruego que no me entreguen. Uno de ellos me dice “Lo siento” y me invita a dejar el barco diciéndoles a las autoridades que yo había subido como visitante.

Ahí me di cuenta de que no era tan fácil la tarea y me fijé como objetivo mejorar la técnica…

¿Qué nos recuerda la aventura de José Fernández? En sus tiempos no había vallas, pero sí sogas que intentaban impedir el acceso a las rampas de los barcos en que se vaciaba Europa hacia las Américas. Sus declaraciones aparecen publicadas en un libro interesantísimo, ‘Aquellos gringos’, compilado y editado por Manuel Rei y Eugenia Brito en Comodoro Rivadavia, la capital del petróleo argentino, ciudad mítica del viento, a donde volaba Saint Exupéry para la Aeroposta.

Escojo de ese libro una historia de “gringo” que me resulta próxima y parecida a otras muchas que he oído en cuarenta años de andar por el Far South americano. Comodoro Rivadavia es una de las ciudades del mundo con mayor aportación de extranjeros de muy lejos. Las listas de operarios de las empresas petroleras sorprenden por las procedencias: de Europa, de Norteamérica, de Sudáfrica… Al calor económico del oro negro llegó un aluvión de gente; como Pepe, que no quiso aceptar su primera frustración:

… Poco después atracó [en Vigo] el Entre Ríos y me dije “Ahora sí, esta es segura”. Me acerqué y observé a un carabinero que conocía de vista, y además [yo] era amigo de su novia. Le dije “Mira, soy Pepe, el hijo de Luciano, el cartero de Salvaterra”. Me saludó y le solicité permiso para visitar el barco. Una vez llegué a la planchada, le arrebaté una maleta al peón de carga y subí decidido. Había otras personas en mi condición y buscamos una escalera que nos condujese a la bodega para poder escondernos.

Creo que habían transcurrido varias horas cuando nos dimos cuenta de que el barco se movía. Esto nos indicaba que estábamos navegando; ahora debíamos procurar comida y actuar con discreción…

Claramente, un barco de entonces no es un avión de ahora. Hoy nadie se puede ocultar en los laberintos de una aeronave, por muy grande que sea; ni puede esperar la colaboración de un tripulante, como fue el caso de nuestro polizón gallego.

… Fui descubierto –dice– por un tripulante que me ofreció alimentos. Al volver a la bodega pude ver con asombro que había más de sesenta polizones hambrientos y ansiosos. Decidí subir a cubierta y que pasase lo que Dios quisiera. Allí encontré una gran cantidad de hombres con ropa militar. Eran soldados polacos que venían de la guerra europea y se habían casado con mujeres italianas. Me hice amigo de un austriaco para poder camuflarme. La pedí prestados un pantalón y una camisa como la que ellos usaban y me confundí con el grupo.

Hasta pasar la línea del Ecuador dormía en cualquier parte y apenas comía. Además hacía mucho calor. En ese barco había más de 850 pasajeros y yo vivía escapando.

Cuando pasamos a las aguas del Hemisferio Sur, los altoparlantes del barco solicitaban a todas aquellas personas indocumentadas presentarse ante las autoridades.

Una tarde me encontraba sobre la cubierta de proa y conocí a una joven. No me olvidaré jamás de su nombre: Ubaldina. Era gallega, igual que yo. Me aconsejó que me presentara y además me acompañó hasta la oficina del comisario. [Este] estaba con otras personas y les dije “Soy polizón”.

No se asombraron mucho. Me dieron indicaciones de lo que de ahora en adelante pasaría conmigo. Mi dieta hasta llegar a Buenos Aires sería de pan y agua. Me solicitaron mis documentos y [tuve que explicarles que] no los poseía; que, siendo menor de edad cuando me forzaron a abandonar la casa paterna, nunca me habían solicitado [ningún] documento y que lo único que poseía era una carta de mi padre donde certificaba mi apellido y su paternidad.

De ese modo quedé tranquilo. Ya tenía identidad y sabía que llegaría a Buenos Aires. Ese día me enteré de que [a bordo] viajaban más de setenta polizones y, entre ellos, dieciocho menores. No me sentía héroe: ya no era el único…

Cuando los chavales que podían aún estudiaban el bachillerato, Pepiño había salido de casa a ganarse el pan en las obras públicas. De Salvaterra do Miño se había desplazado a Santander y Burgos a trabajar en la construcción de presas, sin más documentos que la carta de su padre, que seguía en su bolsillo al retornar de Burgos a Galicia, para trabajar en Santiago y en Vigo.

Todo podía encajar si alguna autoridad creía su palabra y aceptaba lo que su padre declaraba en la carta… Pero se podía sospechar que viajase con la carta prestada por un amigo. En Comodoro Rivadavia, donde acabaría el periplo de José Fernández, corre la leyenda urbana de que una gran personalidad de orden y leyes era un impostor, huido de la España convulsa con la documentación de un fusilado…

José no mentía y tuvo suerte. Un hombre educado, de buen discurso y nombre Willy Brandt se quejó ante el capitán del Entre Ríos por el mal trato que recibían los polizones y consiguió que Eva Perón se enterase de lo que estaba pasando. La todopoderosa Evita hizo que la tripulación recibiera una amenaza de multa de 2.500 pesos y entonces –recuerda Fernández– “nuestras condiciones variaron mucho”.

Con todo, en el puerto de Buenos Aires nadie se libraba del Hotel de Inmigrantes, recinto al estilo del de Ellis Island en Nueva York (con la ventaja de que muchos hambrientos europeos por primera vez en su vida se pudieron hartar de carne asada de vacuno, que ninguna religión prohibía).

Por fin –sigue José–, el 26 de septiembre de 1947 desembarcamos [los polizones] con “prioridad única” y ante todo el pasaje. Nos esperaba la prensa nacional y extranjera, ansiosas por saber cómo nos habían tratado durante la travesía. Todos contamos nuestras vivencias y después nos internaron en el Hotel, en pabellones de cien camas [cada uno].

Al día siguiente nos visitaron los familiares que vivían en la ciudad. A algunos nos regularizaron la situación. En mi caso, un tío que vivía en la calle Austria me arregló los papeles y logré salir del Hotel de Inmigrantes a mediados de octubre. Como era menor, quedé bajo la tutela del juez de menores, que como adulto responsable nombró a mi tío Marcelino Fernández. Él me consiguió trabajo en la tienda La piedad, situada en Cerrito y Bartolomé Mitre, donde periódicamente me asistía una visitadora social para controlar mi comportamiento…

La fortuna ayuda a los audaces, y Pepiño Fernández intentó colarse dos veces en un barco. Pena que se equivocase de destino, que no escogiera barco con rumbo a Norteamérica. La Argentina peronista que lo acogió empezaba su deriva hacia las dictaduras y los desastres económicos. Nunca se curó del populismo que instauraría el coronel Perón a partir del golpe de 1943, ya antes de ser presidente.

Pepe Fernández, como tantos españoles y tantos italianos hasta principio de los años 60, viajó hacia un sueño arriesgándolo todo. Lo que después vivieron, y sufrieron –hasta hoy–, es materia de otras crónicas.

[Publicado en Bit Es Magazine]

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