El evangelio de la República

El Evangelio de la RepúblicaEl evangelio de la República es un opúsculo aparecido en 1932, con un subtítulo, La Constitución de la Segunda República Española comentada para niños, que ya indica las intenciones de sus redactores, todos ellos diputados a Cortes constituyentes. Fue editado por el Instituto Samper (que ya en los años 30 se atrevía con textos como La educación sexual del niño y del adolescente) y reeditado por EDAF en 2011, cuidadosamente, en modo facsimilar. Leerlo –y releerlo– viene siendo un melancólico placer, el de revisar ilusiones democráticas de nuestros abuelos.

Cuatro años después de la reedición, en España vuelven a sonar con fuerza inusitada conceptos de hace más de ocho décadas, como “república” y “federalismo”, que ya se venían manejando desde –por lo menos– otras cinco décadas atrás. Todo ello hace pensar que el concepto de “España como espacio de convivencia y creación en paz” no está consolidado, ni es aceptado por todos los españoles. Republicanismo y laicismo reviven, reverdecen y se enfrentan a la vieja visión de “Corona y Altar” (la Milicia, un par de pasos atrás) que difícilmente pueden defender personajes “modernillos” como –sin tener que recurrir a El Jueves– el Bobín, la Fictizia y sus niñas princesas…

Aquel catecismo republicano rezuma civilidad y laicismo en proporciones hoy generalmente admitidas, pero entonces inadmisibles para quienes comenzaron a conspirar contra el nuevo régimen desde sus albores: la Iglesia, los aliados monárquicos de la curia y unos nuevos aliados, distanciados (si no enemigos) de la obediencia a Roma: los fascistas. Con simplicidad que ayudaría a cualquier princesita a renunciar a sus “derechos a la Corona”, un grupo de hombre sesudos (y sólo una gran mujer, Clara Campoamor) tratan conceptos que en 1932 se considerarían claves para adoctrinar nuevos españoles. Son ellos “Organización nacional”, “Nacionalidad”, “Garantías individuales y políticas”, “Familia, Economía y Cultura”, “Las Cortes”, “El Presidente”, “Gobierno”, “Justicia”, “Hacienda pública”, “Garantías y reforma de la Constitución”.

Port El niño republicanoLas explicaciones resultan didácticas por intención y –valga insistir– serían suscritas por una gran mayoría de los españoles republicanos de nuestros días. Si tuviéramos que criticar algo a aquellos abuelos de mi generación, diríamos que nos sorprenden por su atraso en materia de organización del Estado, pues apenas conceden derechos de autonomía a “los ayuntamientos y las regiones”; y por su desconocimiento de las lenguas, pues todavía mezclan “idiomas” con “dialectos” de forma arbitraria.

Quién sabe si en las mentes de otros diputados a Cortes no habría ya algún avance más. Parece que debería de haber, claro: la idea de la República Catalana no surgió por inspiración del espíritu santo un par de años después; y quien revise las propuestas iniciales del Estatuto de Autonomía de Galicia verá cómo en ellas se habla de la “República Galega” y del “Estado Galego” sin empacho.

Sorprende la osadía de los señores diputados en materia lingüística. No consultaron con los científicos, que ya bien entrado el siglo XX conocían los procesos de formación de las lenguas romances, sus relaciones, sus interacciones y –lo más importante– los efectos de la acción política sobre ellas. Por indudable presión política, hacen una clasificación que los convertiría hoy en carne de escarnio (y, hasta entonces: a esa altura Rodrigues Lapa tenía bien estudiadas las “cantigas de escarnho e mal dizer”). Aquellos padres de la Patria Nueva solamente reconocen tres “idiomas” en España, “catalán, vascuence y castellano” más “varios dialectos (gallego, valenciano, bable, etcétera)”. En su ceguera centralista no serían capaces de entender la realidad galaico-portuguesa ni la catalano-valenciana.

Contra estos feos vahos de la Caverna Madrileña (muy antigua, excavada desde la llegada de los Borbones a orillas del río-cloaca Manzanares) se habría de manifestar la visión autonomista, universalista, ibero-americanista, de Castelao. Se puede decir que, siguiendo el evangelio republicano, se formaron nuevos españoles centralistas por tradición que admitirían a contragusto la existencia de partes exóticas de España. Se les quería formar para que, cediendo algo de sus sentimientos, pudieran convivir los distintos pueblos de la República, a los que nunca concederían derecho a proclamar que eran “naciones sin estado” conforme a la definición de la Sociedad de Naciones (que sí admitía su existencia).

¿Cómo sería España si no llega a producirse el golpe militar del 36? Hay tantas conjeturas al respecto… Ahora bien, es recomendable leer El evangelio de la República, como, también, su secuela: El niño republicano de Joaquín Seró, editado en la misma época por Librería Montserrat y reeditado en facsímil por EDAF. Repasados en conjunto, se colige que la constitución monárquica de 1978 abrió puertas a viejas expectativas no satisfechas por la II República; aunque no totalmente, como ya previó uno de los inventores de la constitución continuista (franco-borbónica) que hoy padecemos (“El problema no es el País Vasco; es Cataluña”, dijo, en substancia, Fernández Ordóñez).

Volviendo a las inevitables conjeturas cuando nos enfrentamos de una sola mirada al pasado, al presente y al porvenir de España, sí que podemos comparar la constitución votada en la Transición Democrática y el corsé –casi camisa de fuerza– en que nos metió con la que habían votado nuestros abuelos, libre de corsés. Tras la expulsión de Alfonso XIII y la caída de la monarquía, nada quedaba “atado y bien atado” por ningún general monárquico; tras la muerte del Gran Dictador Cerillita (apodo que le daban en su ciudad), se votó lo que se pudo a punta de fusil (Milicia, Corona e Iglesia mandando en este orden). Quizá los avatares de la Historia habrían hecho evolucionar a la II República española hacia un estado plurinacional que ya no hiciera necesario pensar en deponer la monarquía heredera de la dictadura, y en construir la III República.

Como todo lo antiguo vale todavía si lo sabemos usar con inteligencia, desde esta palestra propongo que no se espere a la llegada de la III República para explicar a los niños españoles en qué consiste ser republicano. Váyanse haciendo los manuales correspondientes. Úsese un instrumento que no pudieron ni soñar la mujer y los hombres que escribieron El evangelio de la República: la web.

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