Peregrinos del Amianto

Peregrinos del amiantoDe Felipe III fue la advertencia: “Con todos guerra y paz con Inglaterra”. Tres generaciones después de la suya, España estaba en manos de los Borbones –“cadetes del rey de Francia” según apreciaban los súbditos de su Majestad Británica– y la paz fue imposible. Entonces también corría en Europa el aserto de que “poder naval es poder mundial”. Portugal, Inglaterra, España, Francia, Holanda, Suecia y Rusia intentaban llegar a todos los puntos del Globo con cascos, velas y cañones. Fernado VI y Carlos III levantaron lo que Carlos IV dejó arruinar. Ferrol fue un pequeño San Petersburgo, acompañado por Cádiz, Cartagena y La Habana.

Algo quedó de las glorias constructoras del XVIII. Tras Fernando VII, acero y vapor sustituyen a madera y lona. Los astilleros reviven, aguantan durante el siglo XIX y en el XX vuelven a la gloria, al orgullo, a lo de que “aquí hacemos acorazados como en Madrid hacen diputados”. La autarquía franquista dio alas a los sueños, hasta que vino Felipe González y los grandes astilleros se vinieron abajo. Solo quedaba la eterna “Bazán” de Ferrol…

Para el momento de la “reconversión naval” ya se habían construido muchos barcos. Se había usado mucho amianto. Lo respiraban los obreros orgullosos de “la factoría” ferrolana, capaz de hacer las fragatas más avanzadas del mundo. En los años 80 muchos menos hombres rellenaban cascos con mamparos y tubos, pero los que no se habían prejubilado seguían dejando entrar en los pulmones fibras cancerígenas: las mismas que respiraban sus mujeres cuando les lavaban el buzo (que acabarían colgando en las verjas del astillero para protestar por la desidia de los gobernantes).

“El naval” se iba al garete con sus luchas y sus héroes olvidados. Astilleros y obreros eran materia de periodismo, pero no fueron materia de la fabulación: la de una decadencia. Para ver si alguna vez se le hizo caso al gremio de la chapa –que acaba dando formas bellas, rompedoras de los Siete Mares– tenemos que ir al cine, a “Los lunes al sol” en la ría de Vigo (nunca tan potente como la de Ferrol).

Por eso sorprende que alguien –cuando España ya ha cedido casi todo a coreanos y chinos– se decida a contar la parte más negra de la vida de unos hombres que prefirieron morir intoxicados a dejar de traer el jornal a casa con alegría, disfrutando de ver botar una estructura enorme y capaz de mantenerse a flote por donde mandase cualquier capitán atrevido.

Acaba de aparecer un libro para leer y releer, Peregrinos del Amianto. Para leer pues nos abre los ojos a lo que nadie en el mundo toca porque hiede a muerte: la que se produce por el cáncer de pulmón y sus metástasis. Si en Estados Unidos es vieja la protesta de los que padecieron la asbestosis, aquí se tardó en encontrar la relación de causa a efecto. Quizá en América haya mil libros sobre el drama de vidas rotas de los obreros que trabajaban con el amianto; hasta pueda haber películas y series televisivas, porque los yanquis explotan todo para la movie industry. Pero aquí, en España, no se hizo –que yo sepa– ninguna fabulación en cualquiera de sus distintos modelos, textuales o audiovisuales.

Hasta que Rober Amado (Roberto Amado Pazos) –periodista gráfico de familia que sabe de astilleros ferrolanos– se lanzó a entrevistar gente y a formalizar un documento que va de lo frío y científico a lo humano e inmediato. Peregrinos del Amianto induce a leer para aprender de inmediato y a releer para buscar en sus capítulos una reflexión y una esperanza. Nos obliga a reflexionar sobre la inmensa cantidad de sufrimiento que las industrias llevaron a las vidas de quienes convertían ideas bonitas en realidades llenas de suciedad oculta, nos descubre la ligereza con que los responsables del padecimiento de los obreros se libraron de penar por su descuido. Nos invita a esperar que nuevas generaciones de escritores se enfrenten al relato de lo que fue una épica obrera.

Hoy vivimos en un mundo que ofrece constantemente fábulas del absurdo para entretener a la gente. Unas hablan de pasados que no pudieron ser, de reinos inexistentes, de pueblos hijos del sueño; otras, de futuros “intergalácticos” inalcanzables porque las leyes de la Física jamás lo permitirán.

Es bueno, por tanto, que jóvenes como Rober Amado marquen espacios de narración. Lo suyo da apenas aviso de cuánto queda por narrar. Sea bienvenido, pues, al club de los convencidos de que no hay mejor fábula que la realidad; por mucho que duela, como el cáncer en los pulmones llenos de sutiles fibras de amianto.

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