Caballo de oros

Port Caballo de OrosContinúo con mi idea de escribir sobre libros que releo, a veces por el juego lindo de comprobar que la Literatura está por encima de los idiomas (siempre que el traductor sepa hacer su trabajo).

Para esta entrega voy a dar un salto triple, de lugar, de tiempo y de generación entre autores y asuntos. En la anterior me paré sobre Capitanes de la arena de Jorge Amado. Ahora voy a tratar de Caballo de oros de Víctor Freixanes. Uno escribió sobre meninos da rua, criaturas abocadas al crimen; el otro, sobre un crimen consentido, el juego por dinero. En ambos casos, el retrato no es de gusto para las mentes conservadoras; al Maestro Amado hasta le quemaron sus libros en plaza pública. Freixanes se salvó porque escribía en democracia.

Hace muchos años que me precio de ser amigo de Víctor Freixanes. Lo conozco y trato desde cuando éramos tan jóvenes que un tipo malvado, haciéndose pasar por mujer, escribió que no me vino a der unos besos porque andaba mi compañera oficial controlándome, y que se fue a la cama muy “necesitada” por haber visto a Omar Sharif en figura de Freixanes. Todo para fastidiarme por culpa de un concurso literario amañado.

Ahora somos dos viejos –que no ancianos– y andamos metidos en aventuras a las que debíamos haber llegado hace quince años según mi idea, pero que nos van a dar quince años de vida activa más según la suya. Somos viejos y sentimos, como tantos de nuestra generación, que debemos transmitir a los que nos siguen lo vivido por nosotros y lo recibido de nuestros mayores por vía –tantas veces– del relato oral. En cierto modo, somos “narradores-puente”.

Ni Víctor ni yo hicimos La Guerra que marcó las vidas de nuestros abuelos y nuestros padres; ni vivimos La Otra Guerra, que también los marcó a ellos; pero nacimos oyendo hablar del Alzamiento, de Los Nacionales y Los Rojos, y de Los Guerrilleros, que en nuestra memoria infantil quedan como Os Fuxidos por las fragosidades gallegas. Ni él ni yo fuimos a dar con nuestro “baúl de camarote” a La Habana o a Buenos Aires, pero nos criamos con gente cuyas familias se habían desgarrado entre el país de la miserias y las Américas soñadas. En nuestras aulas de escuela e instituto todo el mundo hablaba de Cuba, Argentina, Brasil, Venezuela… (antes de hablar de Francia, Inglaterra, Alemania…). Sabemos de una épica que a veces nos dispara el magín hacia los “paisajes eternos” que Darwin descubrió al Sur del Mundo, en la Patagonia del piloto Vilariño o del anarquista Soto.

Que no se confunda el mundo, que todos somos lo que somos por como son los que nos hacen ser como somos. Y eso lo sabe expresar con auctoritas Víctor Fernández Freixanes, autor de obra novelesca escasa en comparación con su caudal de ricas vivencias. Siempre le digo que se equivocó, y que está a tiempo para redimirse en los años de descuento que nos quedan por este mundo…

Acabo de releer una novela de Freixanes (Caballo de oros, Siruela) que pinta el mundo a cuyo rebufo nos hicimos personas, poniendo oído porque de pequeños ya queríamos narrar. La leí en castellano, por ver cómo me sonaba. Y, desde el título, no me suena tan redonda como en gallego. Pero la sustancia es la misma, y estoy seguro de que, en cualquier idioma de la Cristiandad como diría el Maestro Cunqueiro, sonando de cualquier manera, me gustaría, me haría sumergirme en la España horrenda de la “neutralidad” franquista, contada desde el Finis Terrae donde todo es español pero de aquella manera. La gozaría pues habla de tiempos en que los U-booten se aprovisionaban en Ferrol y en Vigo, aviones alemanes e ingleses hacían dog fights sobre los cielos gallegos y de todas las rías salían pesqueros cargados de “materiales estratégicos” rumbo a coordenadas secretas en alta mar.

Yendo a la hemeroteca privada, encuentro un articulito que puede ahorrar frases nuevas. Lo escribí para La Voz de Galicia hace casi cuatro años y por su vigencia lo traduzco. Se titula como originalmente se titulaba la novela, Cabalo de ouros. Y reza según sigue:

“Hay libros para leer, y otros para releer. En la segunda categoría entra Cabalo de ouros de Víctor Freixanes, por la historia contada y por la lengua usada para contarla. A esta altura da su trayectoria, poco tiene de original decir que el Maestro Freixanes sabe hacer Literatura y señorea el idioma gallego. Ahora bien, la última entrega del escritor da derecho a comentarios de otro tipo.

Probablemente, si el libro fuera recomendado para alumnos de bachillerato, alguna asociación de padres se podría levantar clamando escándalo sobre el “cataclismo” que se cuenta en la novela: ¿qué fue eso del wolframio y de los presos políticos que redimían penas excavándolo? ¿Cómo podía correr dinero a montones en los tiempos de extrema inmundicia tras la guerra civil? ¿Casas de lenocinio en pueblos a orillas de una ría cualquiera? ¿Que se juntaban dos bandos de apostadores, con dinero y compromisos de pago, para una partida de tres noches entre un párroco y un capador? Imposible que un gobernador civil estuviese metido en tal lío, permitiendo que todo ocurriese antes de que los vientos se pusieran feos para su bando.

Pero Galicia fue así, tierra de amores e inquinas, donde los curas les “hacían cría” a las mozas, bebían, fumaban, jugaban… Amor, guerra, América que todo acoge, hijas que miran por sus padres con sotana: Cabalo de ouros es el retrato de un pueblo que hoy olvida su épica. Quien aún crea en una Galicia (España cainita al fondo) de mujeres y hombres valientes, vaya leyendo –y releyendo, anotando, comprobando– el caso de la partida en el Pasamundos del mundo freixánico.”

Así decía entonces y hoy vuelvo a decirlo; para añadir que tuve un jefe muy trabajador pero poco imaginativo que se enfadaba conmigo porque yo escribía novelas, “que son mentiras”, cuando podía contar las cosas en modo periodístico o policial, ejerciendo de relator con mi rigor de ingeniero. Y yo le replicaba que, precisamente en un congreso de ingeniería de la comunicación, hubo una deriva que me interesó más que el resto, estrictamente profesional: una catedrática de la Universidad Buenos Aires disertó sobre la cantidad de historiografía oficial sudamericana que provenía de elementos recogidos en la “novelística nacional”. Durante cien años, historiadores habían comprobado los hechos que relataran los novelistas y, contrastados, lo habían incorporado a la Historia.

Caballo de oros sirve para que los historiadores desgranen episodios y los coloquen en capítulos de “libros serios”, como decía aquel jefe mío. No es la primera vez que Freixanes les ofrece un texto de tal guisa (A cidade dos Césares, por solo mencionar otro, daría muchas horas de trabajo a los investigadores argentinos); ni ha de ser la última. Pasada la barrera de los 60 años de edad (cuando los varones empiezan a pensar todo con “la cabeza de arriba”), metiéndose hacia la meta jubilosa de los 65, cualquier día Víctor nos sorprende hasta con un pedazo de su propio mundo.

Ojalá, pero, de momento, vayan ustedes leyendo Caballo de oros.

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