Capitanes de la arena

Port Capitães da areiaHay libros para leer y para releer. Acabo de releer un clásico de Jorge Amado, Capitães da areia, y me siento con necesidad de contar algo del autor y de la novela. Quizá me repita; pero eso se le debe a perdonar a un viejo que intenta convencer a la gente antes de que se le acaben las fuerzas para hacerlo…

En su tiempo, Unamuno dijo que España nunca quiso saber de los lusófonos. Todo sigue igual: hoy se termina el bachillerato sin idea de un mundo literario enorme, extendido desde Portugal a Timor.

Raros somos los españoles que disfrutan la Literatura en portugués desde jóvenes. En mi caso, gracias a criarme en tierra de emigrantes a las Américas. Ello daba probabilidades de conectar con Brasil, país pródigo en creadores. Y así fue: la prima de un compañero de curso le mandaba de allá libros que nos arrastraron a querer leer más en un idioma fácil para los gallegos (los filólogos dicen que el portugués es “gallego extremeño”).

Nos gustó especialmente Capitães da areia de Jorge Amado. Aquella historia de los chicos de la calle, su cofradía, sus aventuras, su solidaridad con los obreros del puerto… nos dio de lleno en la conciencia social de los tiempos de silencio bajo la bota franquista. Que el libro hubiera sido condenado a la hoguera por el “Estado Novo” nos lo puso en un altar.

Amado se quedó con nosotros para siempre. Nos fascinó su prosa y nos incitó a imitarlo porque era un precoz: tenía diecinueve años cuando le publicaron la primera novela, O país do carnaval, y veinticinco cuando apareció la de los capitanes de la playa olvidada, ocupantes de un edificio ruinoso donde nunca los había de encontrar la policía.

Los tiempos de universidad fueron de mucha confrontación de ideas y en ellos el escritor brasileño se nos figuró un ser superior, miembro activo do Partido Comunista de Brasil, exiliado en Francia y en los países del Este europeo. Sus novelas mostraban “las venas abiertas” (cito a Galeano) de Iberoamérica.

Después hubo una deriva en la obra del gran maestro. Cuando la vida nos llevó por la diáspora americana, Amado ya era un famoso en onda poética, lírica, lúdica. Hombre comprometido con su pueblo, enseñaba al mundo una cara afable en correspondencia con el país mágico que sintetizaba en su prosa. Se produjo el fenómeno de que llegásemos a la versión cinematográfica de una novela suya antes que a la original. De hecho, en Buenos Aires vi Dona Flor e seus dois maridos, película que me hizo reír con tanta picardía antes de comprar el libro en Rio de Janeiro…, para volverme a reír volando de retorno a Europa.

Continuaron pasando los años. Su obra se traducía a idiomas mayores y menores (nunca me gustó el título Capitanes de la arena. Suena mal y no significa eso). La fama de Amado era mundial, se le atribuían relaciones con bellezas del cine que habían encarnado a su Gabriela o a su Tieta. Se insistía en que era el autor de expresión portuguesa con más méritos para el Nobel. Él no le concedía mayor importancia.

Cuando ya la vida se le apagaba a don Jorge, vino a Compostela Vargas Llosa, autor de La guerra del fin del mundo (incursión en los territorios nordestinos de Graciliano Ramos y del propio Amado). Venía a presentar La fiesta del chivo y tuvo un intercambio de frases con cierto profesor impertinente, que lo acusaba de fascista. Lo calló diciendo que “Detrás de una gran novela siempre puede haber un miserable”. O sea: lo que importa es la obra, no la condición moral del autor.

Presente en la sala, callé porque el ambiente andaba cargado; pero pensé que, en el fondo, todos queremos que nuestro autor favorito sea simpático; y si su señora también lo es, aún mejor…

Jorge Amado y esposa, Zélia Gattai, eran todo cordialidad; daban cariño a quien lo mereciera sin importarles de donde viniese. El mundo cabía entero para ellos en la amalgama brasileña. Jorge “adoraba” a los gallegos porque, como nos contaba, habían llevado el pan a su Bahía de Todos los Santos (antes de eso, allí se comía con farinha). Se preocupó por explorar la Literatura Gallega, leía nuestros libros y nos mandaba comentarios. Zélia, hija de anarquistas italianos que habían organizado una comuna en la selva, se enamoró del idioma que iba identificando (“nos encantamos com a beleza da língua galega. Pela primeira vez tive a oportunidade de ler e entender o galego, sem perder uma palavra sequer”).

En fin, pena de Nobel, porque el maestro Amado hubiera sido aún más popular en todo el Globo….

Como inicié estas notas a vuelo de tecla hablando de un arenal y unos chicos sin familia, capitanes de su soledad colectiva, quiero acabarlas con otra referencia a las playas del grandísimo narrador bahiano. Para quien goce leyendo y releyendo su prosa, recomiendo una visita a Mangue Seco. Allí, resistiendo al viento y la marejada, se yerguen dos cocoteros solitarios, “Romeo y Julieta”, icono básico de la telenovela basada en Tieta do Agreste. Para mí son símbolo de la belleza áspera con que Jorge Amado nos relató su mundo, en el que quizá se iniciase mezclándose con los marginales y los explotados de Salvador da Bahía.

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