Putas rojas bis

Han pasado tres años y medio desde que escribí un artículo que hoy recupero. Entonces estábamos viendo cómo iba a caer Zapatero y cómo se alzaría Rajoy con un poder capaz de llevarnos al pasado que él y los suyos representan.

Hace semanas que vengo pensando en recuperarlo incitado por dos hechos, uno notorio para todo el mundo; otro, para algunas personas que me acompañan en la manía maldita de escribir y contarle a la gente lo que viví. Tras ambos hechos hay palabras-llave comunes: República, fascismo, monarquía, asesinatos…

Hoy los grandes poderes sin patria están en alerta por lo que pueda pasar en España, como lo estaban desde que la República llegó en 1931. Tenían entonces –y ahora tienen– miedo al progreso, a la ilustración, al laicismo, a los valores republicanos.

En una muestra de infinita incoherencia, el gobierno de la República Francesa y su Asamblea recibieron y aplaudieron a un Borbón que se autotitula “rey de todos los españoles”. Él y la “reina” Fictizia (sic: no es error ortográfico) tuvieron el descaro de homenajear a los españoles –¡republicanos!– que avanzaron por París contra fascistas franceses y nazis en retirada. De inmediato se levantaron las voces críticas: “¿Por qué el Borbón no va a rendir homenajes por las cunetas de media España?”…

Mi editorial de siempre, Galaxia, decidió publicarme una novela en formato de “banda diseñada” (no sé si es correcto en castellano, pero me entendéis). El dibujante, Manel Cráneo, y el guionista, Alfredo Ferreiro, me pidieron que los llevase al lugar de una escena principal de la novela, un cementerio de aldea. Y allá fuimos.

Manel y Alfredo, hijos ambos de los hijos de la posguerra, quedaron sorprendidos cuando les conté que en ese cementerio se mandó enterrar don Gonzalo Torrente Ballester; y que en él hay una fosa común con alguna flor, alguna cruz y unas placas con nombres y la misma fecha de “defunción”, como si los que abajo yacen hubieran muerto juntos en un accidente. Son nombres de varón, de rojos fusilados cuando también se fusiló a unas mujeres sin nombre, porque eran putas del barrio prohibido en la infancia de mi novela.

¿Tendría redaños doña Fictizia para hacerles un homenaje a aquellas infelices?

En fin, volvemos a estar de elecciones y España tiembla; los banqueros rescatados –sinvergüenzas máximos– hacen advertencias, las fuerzas oscuras preparan palos para meter entre radios de ruedas de los carros municipales que se les escapan.

Como soy viejo, desconfío. Y cuento lo que sé, como aviso.

Ahí tenéis ese artículo pretérito que ahora cobra vigencia (lo feché el 13.11.11, número curioso, presagioso, para los cabalistas).

Cuando esto se escribe, por noviembre de 2011, estamos en plena campaña electoral. Los encuestadores y los comentaristas aseguran del triunfo de Mariano Rajoy et caterva. Son los de siempre, sin duda. Retorna al poder la alianza del altar y la corona, de Madrid como ombligo del mundo; gana “Madrid y provincias” con voz de provinciano, gallego de la peor clase que puede existir: la del que va a medrar a Madrid.

La estupidez profunda del PSOE nos lleva a que se vaya a echar tierra sobre las tumbas que empezaban a abrirse, no para enseñar cráneos con entrada y salida de bala (tiro “de gracia” le llaman) sino para que España nunca olvidase la barbarie sufrida, en la guerra que la descarriló para siempre y en la posguerra que la arruinó moralmente. Quien se atreva a leer en portugués, francés e inglés lea la documentación demoledora y trilingüe de O nosso século é fascista! de Manuel Loff.

Vuelven los herederos de una idea que nunca murió, que se recreció con el montaje falso de la Transición. Entonces se vistieron de UCD, y ahora sabemos de qué se visten (alguno hasta de “socialista católico” con destino en Roma). Pero aún quedan memorias vivas.

Veamos:

Don Gonzalo Torrente Ballester se mandó enterrar en el cementerio humilde de Serantes, parroquia ferrolana donde aprendió vida de aldea. Cerca de su tumba severa y limpia hay una fosa común. Allí están enterradas las putas rojas, servidoras de amor cobrado a los operarios de los astilleros, y a la marinería que casi consiguió apoderarse del arsenal cuando sus jefes se sublevaron contra la República.

Por eso se decidió fusilarlas, para hacerles justicia por rojas (y callar sus voces, en concreto la de una que alardeaba saber de tamaños de pene bajo sotana castrense y hábito franciscano).

Muchas de ellas tenían hijos, habidos con quien hubiese ocurrido el fallo. Cuando las montaron en el camión en su barrio pecador de Esteiro, los chicos las iban siguiendo, llorando y gritando. Así fueron, despacio, cruzando la ciudad, cogiendo la carretera en procesión: el camión, el piquete de fusiladores y detrás los hijos de puta que habría que reeducar.

En un sitio próximo a la iglesia y el cementerio (que así son las cosas en Galicia: los muertos al lado de los vivos que van a rezar), alguien se apenó de los chavales y les cortó el paso.

Pero oyeron las descargas de fusilería e imaginaron lo que iba a ser de ellos. Porque, claro, no es lo mismo ser hijo de puta roja viva que de puta roja muerta…

Lo dicho: Mariano Rajoy evita el recuerdo de su abuelo el republicano galleguista, y todos los que van con él tratarán de que España vuelva a la amnesia. Ahora –esgrimirán– lo que importa es salvar la economía. Como si la economía tuviera mucho que ver con la dignidad de la memoria de un pueblo.

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