Judíos, otomanos, sefardíes, un libro y ¿una ley para recuperar la nacionalidad perdida?

Carísimos expats en la Albión nada pérfida para mi gusto.

Quisiera tratar con vosotros cosas de otros expatriados, convertidos en leyenda: los que en tiempos de Imperio Romano llegaron hasta su Finis Terrae y, después de cinco siglos, tuvieron que volver a las tierras de Oriente. Hablemos de españoles con religión hebraica (lo de raza se lo dejo a los esbirros de Hitler, que nada sabían de ADN).

Como antecedentes para quien tenga la paciencia de leer esto, debo aclarar varios puntos:

Primero, que fui educado en la idea de que los judíos eran gente malísima, que había crucificado a Cristo (al parecer, no judío). De hecho, martirizar a alguien se calificaba como “hacer judiadas”. También me decían que los protestantes eran raros, pero a mí me resultaban chavales como yo (con la suerte de que no tenían que ir a confesarse).

Segundo, que todas las religiones me parecen tóxicas. Soy devoto de Richard Dawkins; estoy convencido de que el progreso intelectual es contrario a las supersticiones. Es más, como mis conocimientos de psicología son básicos, me atrevo a considerar esquizofrénico a cualquier “científico” que sea religioso.

Tercero, me parece ridículo circuncidarse y no comer carne de cerdo, cuando resulta bien higiénica y alimenticia, sobre todo si el sacrificado es celta criado a castaña o ibérico criado a bellota. Más aún: los sacrificios rituales de terneros, como vi en Argentina, me induce a la hilaridad (aquellos rabinos matarifes, con levita y los churritos de pelo manchados de sangre, eran personajes de comedia valleinclanesca).

Cuarto, que estuve una semana en Israel y juré no volver a lugar tan horrendo; lo que, por otra parte, me hizo reflexionar sobre la mentalidad “judía”: nadie en el mundo es más nacionalista que quien pueda añorar semejante yermo, lugar de sed, lagartijas y cabras (lo del Mar Muerto, interesante, sí, como los salares de la Puna altoperuana).

Quinto, que me interesan mucho los apellidos porque son sustancia cultural concentrada. Lo aprendido sobre ellos me lleva a considerar que el judaísmo es una entelequia pues poca relación ha de haber (fuera del tóxico religioso) entre comunidades judías, que se apellidan de formas tan diferentes.

Sexto, que siempre me puse del lado de los perdedores, por lo que los judíos españoles me resultan simpáticos en principio (me pasa como con los evangélicos en general, sin que todos sean amigos de mi infancia. Hasta escribí una trilogía sobre ellos).

Séptimo –y acabo–, que conociendo la enorme diáspora de los gallegos y el porqué profundo de la saudade, me debo solidarizar con la diáspora sefardí (ojo: muchísimo menor que la gallega en términos de cantidad de gente arrancada de su patria)…

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© CNRS Editions

Acabo de leer un libro que me impresionó vivamente. Está escrito en francés y merecería ser traducido a la lengua más parecida al judeo-español, o sea: el castellano. Se titula Istanbul la Sépharade (Estambul la sefardita). En él, Esther Benbassa cuenta –a zancadas– el periplo de los sefardíes desde sus tierras ibéricas hasta la quimera llamada Israel. Lo compré en Filigranes, librería de la Avenue des Arts de Bruselas por la que paso camino de mi oficina en la Rue du Trône.

Estambul era la capital de imperio otomano y allí se radicaron muchos de nuestros antiguos compatriotas, despojados de casa y hacienda por los reyes de una España en proceso de soldadura, con el moro recién vencido. Se acogieron a las bondades del sultán de Constantinopla. Se instalaron en Turquía y en los países que los turcos mahometanos iban conquistando al Occidente Cristiano Intolerante.

Pobres de los serfardíes que, siglos después, no residían en territorio turco durante las ocupaciones de los nazis dementes. Muchos acabaron incinerados en los campos de exterminio. Alguno de ellos se apellidaba como yo, pero a la hebrea: Alkalay.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, bastantes de los que se libraron del odio nazi se fueron a poblar Israel, a luchar con armas en la mano como no habían hecho en Europa salvo casos contados. Para el nuevo Éxodo les unieron grupos de vecinos de Estambul. Hoy apenas queda gente que sepa hablar ladino en la enorme urbe eurasiática.

Pero sus hablantes habían sido decenas de miles y cubrieron todas las profesiones y los oficios (hasta los hubo mendigos). Vivieron su religión en la lengua de los libros sagrados y el día a día en la que trajeron de Sefarad; aprendieron turco para negociar con visires y clientes; después, metidos en la modernidad, estudiaron francés, que era lo fino, y desarrollaron finuras que los turcos desconocían. Hasta pelearon en la Gran Guerra al servicio del sultán…

Ahora tenemos en España una ley de memoria histórica que otorga a los sefardíes derecho a la nacionalidad perdida hace siglos, siempre que demuestren de quién vienen siendo: no es cosa de acoger a judíos sino de recoger náufragos de la diáspora ibérica. Ya se oyó la voz de un Toledano advirtiendo que no piensa extender certificados de hispanidad a los “inski”, “berg”, “man” y demás.

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Lápida de Yusef Behar

Hay quien calcula que el censo de españoles pueda aumentar en tres millones. Bienvenidos sean porque con ellos vendrán apellidos que suenan a algo propio, como Aguiar, Barcia, Cabana, Dacosta, Estévez, Ferreiro, Gago, Henríquez, Lamela, Mariño, Novo, Ocampo, Pazos, Pereira, Regueira, Saavedra, Teixido, Ulloa, Vales… mencionando solo a los de la rama gallega.Alguien podrá decir que ya le llega a España con sus parados y con el flujo imparable de africanos carenciados que se lanzan contra las vallas y las olas. Pero no se trata del mismo tipo de personas; aparte de la endogamia que garantiza procedencia y derechos a los sefardíes, está su empeño por los negocios. Cuando los Reyes Católicos los espoliaron y los expulsaron, el Gran Turco les abrió los brazos pues precisaba de quien dinamizara la economía de su imperio. España –dicen los ministros– necesita crecer.

Y, en cuanto a sus propiedades, ¿van a volver los sefarditas a su patria antigua como los gallegos a Cuba cuando muera Fidel? No será para tanto: 1492 queda mucho más atrás que 1959. Sefarad se perdió hace veinte generaciones; Cuba, hace dos. De Sefarad quedan llaves de casas convertidas en talismán. De La Habana y Santiago, documentos notariales, registros de la propiedad.

Seguramente, los sefardíes no van a reclamar edificios derrumbados o terrenos que pasaron de mano decenas de veces. Quizá se contenten con la ciudadanía española, y con un pasaporte que les permita entrar en Europa y circular libremente por ella (algo que todavía no pueden hacer los turcos).

En fin, cosas veremos.

[Publicado en Brit Es Magazine]

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