Argentina: que 20 años (de viajes) es algo

A veces aparecen frases filosóficas que difícilmente se pueden dejar de lado. Aunque fastidie usarlas, por manidas, conviene hacerlo. Déjeme el lector paciente que cite el “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega, pero en plural,  porque mencionaré varias.
Algo en el ADN de mis células me hizo ser curioso, necesitado de ver cosas sorprendentes. Probablemente la Argentina me habría interesado como cualquier otro país grandioso, pero las circunstancias actuaron especialmente en este caso.
La primera es haberme criado en una tierra donde todo el mundo tenía parientes en Cuba o en Argentina, o en los dos sitios: eso me hizo oír desde pequeño fábulas sobre las inmensidades de las tierras del Plata, tanto de Buenos Aires y su río-mar como de la pampa, mar de hierba.
La segunda circunstancia fue que la casualidad, que todo gobierna, me llevase a encontrarme con una moza angloargentina contra la que cometí matrimonio: hija de “inglesito” y criolla de viejo abolengo platense, me introdujo en una familia con “campos” desde Salta hasta Santa Cruz.
La tercera razón de peso para conocer Argentina de peculiar manera es haber trabajado en la empresa encargada de poner a andar las telecomunicaciones en el país austral, de Buenos Aires a Ushuaia.
Gallegos, criollos y “anglos” fueron echando leña al fuego de mi curiosidad y, cuando me di cuenta, había atravesado los más de 4.000 kilómetros de la república, de norte a sur, de La Quiaca al Canal de Beagle. Dos editores, Víctor Freixanes y Carlos Casares, me habían invitado a verter notas de cuadernos en sendos libros de viaje, Arxentina, donde daba noticia de buena parte del país, y Viaxes no País de Elal, resultado de más de 25.000 kilómetros por las carreteras de ripio de la Patagonia.
Ambos fueron escritos en gallego, y principalmente para gallegos. Entonces fue cuando Freixanes me presentó a Pedro Pardo, que me encargó un libro de reportajes para gente de habla castellana, incluso para los argentinos.
El libro, Argentina, fue un éxito editorial tanto en España como en país recorrido; pero el cambio de propiedad de la editorial llevó a la supresión de la línea de textos de reportajes por lugares emblemáticos. El mío fue víctima de esa –respetable– decisión de los nuevos dueños…
Pasado el tiempo, los “paisajes eternos” de Darwin siguen siendo los mismos. Lo que se cuenta en Argentina tiene el sabor de lo añejo, que no antiguo ni irreconocible. Por eso decidimos reeditarlo, en formato digital inicialmente, para después imprimir bajo demanda de los lectores.
Los textos ilustrados se encuentran hoy en una situación metaestática, no hay un estado definido para ellos: se leen tanto en pantalla como en papel. Lo que importa, pues, es que los lectores lleguen a ellos: unos porque se identifican con lo que escribió el viajero curioso y otros porque, siguiendo sus reportajes, puedan viajar advertidos.
Fueron veinte años de viajes plasmados en Argentina. Fueron varios cuadernos de notas y muchas fotos. Y siguieron, pero ya no cabían en ese libro. Otros libros vendrán si los que leéis esto creéis que merece la pena seguir contando e ilustrando….
Para más detalles sobre Argentina, podéis mirar en YouTube.
En las próximas semanas, mis amigos de Algueirada irán lanzando las presentaciones de los libros compañeros de Argentina en la “aventura digital”. Alguno de ellos –como se describe en estas páginas de la web– son formas de seguir vagando por los asombros del Far South argentino, que nada tiene para envidiar, ni en tamaños ni en valentías, al Far West norteamericano.

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