Mi última columna en Brites: Los “Inglesitos” De La Argentina

En el siglo XVI los españoles descubrieron que los ingleses eran duros de pelar, sobre todo en el mar. Drake los dejó avisados; la Armada Invencible se fue a pique porque “los elementos”, según Felipe II, ayudaban a los ingleses a refugiarse en su Albión, pérfida y desobediente al Papa.

En el siglo XVII las pérdidas causadas por los británicos al Imperio Español eran tales que surgió el dicho de “con todos guerra y paz con Inglaterra”. Felipe III recomendó a su hijo llevar la capital desde Madrid –pueblón castellano sin vista al mundo– a Lisboa, ciudad en la que olía a especias de Oriente y frutas de África y América. Entonces, cuando Portugal formaba parte de “as Hespanhas”, eso habría ayudado a la paz con los enemigos del mar, viejos aliados de los portugueses contra los castellanos.

En el siglo XVIII España cayó en manos de “a Cadet of the House of Bourbon” y se torcieron las cosas. Embajadores –y agentes secretos– de Su Británica Majestad nunca consiguieron convencer a los Borbones españoles de una ecuación sencilla: sumando las armadas de España y el Reino Unido, ninguna otra coalición naval del mundo podría impedir el reparto de África y las Américas entre ibéricos y británicos. Los pactos de familia (borbónica) mandaron sobre los intereses de España y así llegamos a la más triste de las decadencias, en el reinado de Carlos IV.

Sin Marina después de Trafalgar, ¿quién iba a impedir la emancipación de los criollos hartos de ser mandados y no recibir nada a cambio? Eso era conocido por los ingleses, que no aguardaron a que Napoleón se hiciese dueño de la Península Ibérica para intentar apoderarse de una de las colonias más ricas y peor pobladas de todo el Imperio Español: la que abría sus puertas por el río más ancho del mundo, el de la Plata, también llamado La Mar Dulce por su inmensidad casi marina.

¡Ay, pero se les revolvieron los criollos y rechazaron la invasión militar! Armaron Tercios de Gallegos (que lo eran) y de Pardos (en habla porteña, negros), dieron prebendas a los criados y libertad a los esclavos que habían luchado contra el invasor. Sin quererlo, la Gran Bretaña había echado leña a una lumbre que ya ardía.

El resto forma parte del desastre histórico hispanoamericano. Mientras la monarquía portuguesa creaba “o Império do Brasil”, las colonias españolas se teñían de sangre en mil luchas intestinas, como su metrópolis. Lo cual no impidió que los británicos siguieran arribando a las costas del Plata en un segundo proceso de invasión, ahora pacífica, basada en dos poderes: las libras esterlinas y el coraje de los pioneros. Argentina era tierra para producir carne y cuero que sostuviesen al Imperio (antes de ponerla a producir trigo y maíz); banqueros, comerciantes e ingenieros británicos tenían mucho que decir desde Buenos Aires mientras sus compatriotas avanzaban con carretas, armas y ganado hacia el Far South, la frontera del indio.

Nada mejor que leer parte del discurso que hizo el famosísimo Perito Moreno en la exposición de logros británicos en la Argentina celebrada en 1905. Estas notas se ilustran con copia del libro editado para la ocasión, que me cedió doña Renée Niven, dama culta y consciente de su condición de “anglo”. Los “ingleses” plantaron la bandera argentina en tierra de nadie (o sea, de los indios, que no contaban en aquella época) desde la Provincia de Buenos Aires hasta la Tierra de Fuego. Los había de Inglaterra en múltiples ocupaciones; de Escocia, ganaderos con revólver y cañoncito para defenderse del malón (“tropel” en araucano-pampeano); de Irlanda en los trabajos primitivos (“zanjeadores” antes de que llegase el alambrón para las cercas); de Gales, con intención de crear un paraíso donde se hablase su lengua y se leyese su Biblia…

La aristocracia y la burguesía argentinas siempre miraron a Francia por cuestiones de lo chic; hasta se ufanan de que su Buenos Aires sea el París del Plata, pero a la hora de la verdad –de que las cosas funcionen, de la educación mejor– saben que se debe hablar inglés. De ahí, los colegios más reservados, como el Northlands School donde estudió la actual reina Máxima de los holandeses, a la que la British colony permitió asistir por “bienuda”, no por derechos de sangre. De ahí el Buenos Aires Herald, escrito en inglés (salvo el editorial) que jugó siempre a democracia con soporte británico… Su director, Andrew Graham-Yooll, escribió un libro bien ilustrativo, The Forgotten Colony, sobre los anglo-argentinos.

Llegaron a tener un poder grande. Impresiona leer el libro memorial sobre el esfuerzo de los “inglesitos” de la Argentina en la Primera Guerra Mundial: el número de ellos que fueron a buscar la muerte en las trincheras del Frente Occidental; la cantidad de dinero y pertrechos que reunieron para mandar a la “Patria”.

Retornó la paz a Europa y aparecieron por las estancias pampeanas y patagónicas muchos soldados británicos sin oficio, o con el oficio olvidado después de cinco años de horror bélico. Si habían sobrevivido a mil bombardeos y cargas de infantería, no los habrían de asustar ni gauchos bravos ni pumas hambrientos. Siguieron colonizando “el campo” desde el Plata al Magallanes; fueron al petróleo de la Patagonia; en Buenos Aires marcaban el ritmo de servicios imprescindibles como ferrocarriles, gas o agua.

Veinte años después estallaba otra guerra mundial, con una sucesión de gobiernos argentinos descaradamente pronazis. Pero nadie se atrevió a agredir a la British colony, al menos abiertamente (como sí se hizo con otra notoria colonia argentina, la judía). Los británicos volvieron a ofrecer gente y ayuda material al Imperio, barcos cargados a los que esperaban los U-Booten a la salida del Plata. Ellos ayudaron a desmontar la red de información radiotelegráfica de los servicios secretos alemanes en el Cono Sur (pues, gracias a Turing y su gente, sabían decodificar los mensajes de la Abwehr). El esfuerzo británico se juntó al norteamericano para que los jerarcas militares argentinos se vieran obligados a declarar la guerra a sus admirados mariscales del III Reich.

Sería un triunfo, pero así se inició la decadencia de todo lo “inglés” en Argentina. Perón fue implacable con los vencedores de Alemania. Su fascismo-populismo cercenó los intereses coloniales británicos en un país que nunca fuera oficialmente parte del Imperio. Veinte años después de que San Perón se hiciese con el poder –y de que se implantase el culto eterno a Santa Evita– los “anglos” ya se habían cansado de revoluciones y depredaciones, de aguantar veleidades de gobernantes de una república presidencialista en manos de candidatos a dictadores. Se empezaron a ir, con buena formación y mejor inglés, a donde la vida merecía la pena: a los Estados Unidos y la Europa que siempre quisieron imitar los argentinos sin saber hacerlo (según Borges, tan anglófilo, “un argentino es un italiano que habla español, piensa que es francés pero quisiera ser inglés”).

Hoy hay nostalgia, medallas concedidas por su Británica Majestad a los abuelos y colegios bilingües sin alumnos de apellido “inglés”. También, en el campo, las razas mejoradas que alimentaron al mundo con sus bifes y sus chuletas. Muchos argentinos descendientes de familias que pedían permiso al rey de España para “realizar matrimonio sin adquirir raza” (india) –que se casaban solo entre españoles, de la Península o la colonia– admiten que fue un error oponerse a la invasión militar de 1806. Creen que, de haber estado bajo la férula británica, hoy la Argentina sería el contrapunto austral a los Estados Unidos.

Quizá no les falte razón. Los wasps (white anglo-saxon and protestant) de Norteamérica consiguieron crear una nación de mil etnias en base a la riqueza de un enorme país. Los criollos argentinos (blancos no rubios, ibéricos y católicos) “se quedaron en el molde”, teniendo en sus manos riquezas aún mayores que las norteamericanas. Si los yanquis bordaron la conquista del Lejano Oeste, los porteños no supieron impulsar la de su Lejano Sur. El intento de Alfonsín por llevar la capital federal a Viedma, sobre el Río Negro, para impulsar la población de la Patagonia y el dominio humano del territorio austral, no llegó ni a dar risa…

En fin: sabed los expatriados españoles de la Gran Bretaña que vivís entre gente valiente, como los españoles y los portugueses, pero con “sentidiño”, al decir de los gallegos de Argentina que trabajaron a las órdenes de los “inglesitos”. Repasad nombres de lugares y vías de la gran República Austral y mirad la enorme cantidad de ellos que son británicos. Casi tantos como gallegos.

Y no dejéis de visitar mi tercera –o segunda– patria: Argentina es el único país del mundo que tiene todos los climas, salvo el tropical marítimo.

Este artículo fue publicado originalmente en Brites Magazine, el puente cultural entre el Reino Unido y España.

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