La “falsa” Patagonia de Chatwin

Port In Patagonia 1 En el despacho bonaerense de una gran procesadora de lana de la Patagonia hay un enorme mapa del Cono Sur. El interior de la vastísima región al sur del Río Colorado lleva un letrero llamativo, “Terra ignota”. El visitante se acerca al mapa y queda sorprendido por su fecha: 1914. Aún hoy, un siglo más tarde, cuando los satélites vigilan todo, la Patagonia es un espacio mítico.

Desde que surgiera el mito de los patagones en al siglo XVI, ese fin de mundo desértico y lleno de espantos naturales fue objeto de visitas con intereses descriptivos. Los primeros en mandar informe de sus rarezas serían los “padres adelantados” que por su pasión de “llevar a Cristo” a los indígenas muchas veces no volvían a la Cristiandad, pues los brujos mandaban que los envenenasen o los estaqueasen.

Mapuches y tehuelches eran gente brava, que no quería intrusos en su mundo de cazadores y recolectores polígamos. Es curioso que entre los adelantados no hubiera solo españoles y, aún más, que hubiese algún inglés católico, como Falkner, el jesuita “traidor” que pasó su Description of Patagonia and Adjoining Parts of South America al archienemigo del Imperio Español, el Británico.

Otro inglés más afinado en lo que andaba buscando, Musters (marino de profesión que tiene derecho a lago patagónico con su nombre), hizo relato de su vida entre los tehuelches un siglo después que Falkner, aunque podamos imaginar que no contó todo. Su libro At Home with the Patagonians fue para para el público; su informe secreto iría al Almirantazgo.

Después, hasta Santa Cruz vendrían los malvineros –escoceses de origen– a comprar estancias de ovejas, y en el Chubut no faltaron petroleros ingleses. Metidos en las guerras mundiales, se percibe que la comunidad británica de la Patagonia se movió contra la alemana, que también era notoria en territorios tan apartados de Buenos Aires. A los “ingleses” siempre les gustó aquello.

Y escribieron, pues les gusta dejar constancia de por dónde se perdían (no como los portugueses y los españoles, que apenas contaron nada siendo los que más lejos llegaban por los Siete Mares del Globo). Pero ningún libro escrito en inglés sobre el Sur de la Tierra, el Far South como ellos llaman, tuvo ni tendrá el impacto de In Patagonia, de Bruce Chatwin.

¿Por qué? Probablemente porque el hombre sabía mentir con gracia y optó por lo “ben trovato”. De vez en cuando se ocupan de él diferentes exegetas, con diferentes capacidades de conocimiento, unos británicos, otros argentinos, otros “anglos” (argentinos de familia británica)… para, al final, dejar la cosa como está.

Y es porque nunca hablaron con los gallegos viejos de Río Gallegos, la capital de Santa Cruz, tristemente famosa por la revolución anarquista de los años 20 del siglo pasado y por ser la cuna de los Kirchner. Pena que ya no se puede hablar con aquellos testigos de lo ocurrido, quienes ahora superarían los 120 años de edad.

Pero algunos anduvimos por allí hace mucho y llegamos a conocer a los que vivieron la evolución que fabuló Chatwin, y a personas que recordaban a sus actores, como por ejemplo el abuelo de Néstor Kirchner, destacado en el bando de los represores de “peones alzados” y sindicalistas.

Los gallegos viejos contaban que por Río Gallegos había andado un “parvo” (tonto) de inglés larguirucho preguntando con lengua de trapo; y que había bebido mucho con los del British Club, quienes malamente le podrían contar la verdad porque ellos eran de los que querían explotar –y matar– a los peones y a sus cabecillas.

Quien esto escribe tiene la rara honra de ser el primer español que llegaba a Río Gallegos en casi cuarenta años, lo que causó revuelo entre asturianos, vascos y gallegos resistentes a los vientos gélidos de la zona. Se armó fiesta en el Centro Gallego, surgieron nombres –entre ellos, el de Chatwin– y acabé sabiendo que ni gliptodonte ni revolución eran como los de In Patagonia.

Una semana de vagar por las calles ventosas de Río Gallegos me costó que el señor Bartolo se me confiara y me contara –en gallego de Noia– muchísimo más que cuenta Chatwin sobre Antonio Soto, jefe de la revolución. Era un ferrolano que se avergonzaba de haber nacido donde Franco (y donde Pablo Iglesias, ignorable para un anarquista). Bartolo recibió de Soto la orden de parar la “usina” eléctrica del pueblo durante la huelga revolucionaria, y se salvó de ser fusilado por razones novelescas que el escritor inglés explotaría sin duda: se “encamó con una mucama” en la casa de uno de los patrones represores.

Los datos del anciano me condujeron a conseguir la partida de nacimiento de Soto en el registro civil de Ferrol. Le mandé copia compulsada a Osvaldo Bayer (historiador a quien Chatwin no hizo caso) y la Historia Contemporánea de la Argentina ganó en conocimiento. Bayer incluyó los pormenores en la revisión de su obra monumental sobre La Patagonia rebelde. Pasado el tiempo, llegamos a participar juntos en un homenaje a los peones fusilados en La Anita, estancia que deja ver la grandiosidad de los glaciares del Lago Argentino.

Bien. Bruce Chatwin perdió mucho por no hablar gallego y andar a lo suyo con el invento del gliptodonte patagónico. ¿Transmitió una imagen retaceada, incompleta, del Sur del Mundo? El público que lee en inglés ¿queda desconcertado cuando llega allá de visita siguiendo la traza del cuentista? Sin duda.

Pero dejémoslo tranquilo en su tumba: lo que escribió produce una sonrisa comprensiva en quienes conocemos los paisajes que él describe de visu o de oído (que no vio todo); sin embargo induce al gozo de la fábula en todos sus lectores, conocedores o no de aquella “Terra ignota”. Quizá su editor debería advertir al principio de cada reedición de In Patagonia que, leyéndolo, nadie se va a sumergir en una guía escrita con espíritu de periodista, ni de geógrafo, ni de historiador, sino trazada con “espíritu de Chatwin”, inventor y narcisista, gran escritor de “casi novela”.

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