El establishment y los escritores

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Escribo el día 6 de diciembre de 2014, en la paz de mi casa, situada en la Cubela de un burgo marítimo que llamamos Coruña. Hace frío y llueve a orillas del mar. No lejos de nosotros, hacia Lugo, debe andar nevando por los montes. Alguna gaviota se mueve por los parques alrededor, confirmando el dicho gallego de “gaivotas á terra, mariñeiros á merda”. Ayer vi el Atlántico furioso en la Costa da Morte. Es invierno y hasta da miedo seguir vivo.

La memoria, que dura lo que duran activas las conexiones cerebrales, me lleva muy lejos, a Buenos Aires, al 6 de diciembre de 1978. Entonces yo era joven, como lo era mi mujer, argentina. Nos habíamos marchado de una España que no nos gustaba a pasar unos días con la familia y los amigos. En aquellos tiempos los centros gallegos todavía exhibían la bandera de la República y nos permitían la ilusión de que no todo estaba perdido.

Nosotros no quisimos votar una constitución que negaba lo fundamental, la democracia completa. En España se votaba un acuerdo que cerraba mal la transición desde el franquismo a algo que permitiese respirar. A mí me dolía que mis compatriotas –si aceptamos el término– consintieran que España fuese un “reino”, concepto infantil, trasnochado, antidemocrático por principio…

A fines de los 70 parecía haber mucho “intelectual” que no acabaría tragando el sapo monárquico y se pondría en contra de tal absurdo… pero pasaron los años y no ocurrió eso. No. Ahora no voy a listar los que se arrimaron al establishment que surgiría a golpe de subvención, primero de los franquistas reconvertidos de la UCD y, después, de los socialistas que prometían hacer de España algo que “no lo va a conocer ni la madre que lo parió”.

Convino arrimarse a quien manejaba las prebendas, martingalas y canonjías, y se arrimaron. Otros no lo hicimos y, en pago, se intentó ignorarnos. Pero, como diría el Marqués de Cela, gana quien aguanta; y, de momento, aquí estamos, sin que nos puedan ignorar del todo porque el mundo cambió y la Literatura supo adaptarse a la oferta de la técnica. Ya no hay que ir con un original a una editorial que juzga lo que se atreve a publicar, muchas veces calculando lo que vaya a vender en función de las compras de la Administración. Escribimos lo que nos da la gana y lo ofrecemos a las redes telemáticas que –de momento– la democracia formal no se atreve a reprimir.

Según decía Carlos Casares, unos escritores se expresan directamente a través de ensayos y otros lo hacen a través de las “fantasías”, como les llamaba don Gonzalo Torrente. Volviendo al Buenos Aires de aquellos tiempos, quiero recordar lo que me contó Claudio Díaz Sal, gallego franquista que editaba una especie de panfleto con la cabecera pretenciosa de Faro de España.

Cuando el Borbón viajó allá (eran tiempos de Videla y sus horrores), el embajador de España le pidió que fuese a convencer a don Claudio Sánchez Albornoz para que asistiese a los faustos de recepción de “el rey” en la legación. Díaz Sal cumplió, pero se encontró con una respuesta rotunda de Sánchez Albornoz: “Como historiador republicano, tengo por costumbre tratar solo con reyes muertos”.

Don Claudio pintaba España en directo, sin fantasear. Otros nos vemos impelidos por las neuronas y sus conexiones a hacerlo fabulando. Y ahí seguimos. Novela tras novela, hace cuarenta años que describimos nuestro mundo, vivido o heredado, a base de hechos reales aunque nuestros personajes no lo sean. Y el resultado es que –como previmos– la tan propagandizada Transición cerró en falso un periodo infame de la Historia de España. El retrato nos conduce a un estado español que no es de todos, en el que persiste la acromegalia: en el que Madrid siguió creciendo con espíritu colonizador, pensando en “Madrid y provincias”, de manera que allí, en términos de Literatura, solo se acepta un “cupo provincial”.

Toda la derecha española baila hoy al ritmo que le marcan las cavernas de Madrid y de su sucursal sevillana, pronto unidas por el Ave. Y causa asombro la debilidad de la generación de mis hijos: no aparece en el mundo literario escritor que se revuelva contra la constitución que no pudo votar, cuando es obvio que no sirve para que España pueda tener futuro.

¿De qué escribe quien no oyó –quizá porque le molestaba– a sus padres y a sus abuelos contar lo que fueron los cuarenta años de la Longa Noite de Pedra de Celso Emilio Ferreiro?

A mi modo de ver, hay demasiado “interiorismo”, demasiada historia ajena a la épica y a la lucha por la vida; o, como mucho, “oenegeísmo”, filantropía universalista que olvida lo inmediato.

A los escritores que nos siguen no les hicieron estudiar el catecismo del padre Astete, o cualquier otro de los que recogían una máxima de cristianismo práctico: “la caridad empieza por uno mismo”. Me atrevo a pensar que forman parte del establishment porque saben que eso de preocuparse por los subsaharianos o los palestinos vende. Lo prefieren a intentar excavar cunetas, donde encontrarían los huesos de los que lucharon por una España libre y laica.

En fin, como decía, llueve y hace frío; y las gaviotas se esconden en tierra del azote del vendaval. Tengo paz dentro de mí porque fui contando lo que me dio la vida; pero quisiera tener los veinticuatro años que tenía cuando fabulé que, de pequeños, una hermana mía y yo escapamos de un pobre que apareció a la puerta del jardín de casa: era nuestro abuelo, que venía de la cárcel, donde había gastado un buen pedazo de su vida, simplemente por ser alcalde del Partido Republicano.

One comment

  • Maarcel Swann  

    Sobre o tema do que falas, recoméndoche o recente ensaio “El cura y los mandarines: historia no oficial del bosque de los letrados”, de Gregorio Morán, publicado en Akal (despois da censura da editorial Crítica-Planeta).

    Aquí un enlace ao vídeo da presentación en Madrid:
    https://www.youtube.com/watch?v=WD5k0EaiVD0

    A ver cando escribes unha novela (ou ensaio) sobre os distintos mandaríns galegos (políticos, económicos, literarios…). Entre Fábula, O Larvisión e Tertulia. O esperpento é o mellor xénero literario para contar o que está pasando. E ter unha boa historia que contar, evidentemente.

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