Devotas esposas de escritores

Traduzco frase que escuché en gallego, lengua siempre más suave que el sonoro y eficaz castellano: “En cosas de coños y carajos, no meterse”. Perdón por lo que parece grosero pero me resultaría muy ridículo escribir “En asuntos de vaginas y penes, no entrometerse”.

Aunque lo oí en la adolescencia, a unas criadas de casa que hablaban sobre relaciones de mujeres y hombres, tardé años –demasiados– en ponerlo en práctica y ahora, cuando ya no me falta tanto para ser bisabuelo, después de ver tantas uniones y desuniones, malhaya si no hago caso a aquellas sabias “paisanas” (en sentido asturiano-galaico).

Con todo, vais a permitir que os cuente unos chismes sobre las esposas devotas de los escritores. Me vienen a la cabeza por conversaciones recientes con una amiga, profesora de Literatura Inglesa en una universidad de Buenos Aires, que tuvo el privilegio de ser lazarilla de Borges; y porque se acaba de morir Aurora Bernárdez, la mujer-auxiliar-enfermera del otro argentino eclipsador de grandes escritores de la Gran República del Plata.

Como cada uno nace cuando le toca, se cruza en la vida con unas u otras personas, y a mí me tocó cruzarme con ciertos escritores y sus correspondientes devotas. Curiosamente, un par de ellas fueron compañeras de edificio donde yo trabajaba y ellas pululaban.

Os decía que mi amiga fue lazarilla de Borges porque el hombre era ciego, como sabéis, y porque escogía entre los alumnos a quienes pronunciaban mejor el inglés para que hiciesen lo que él no podía: leer textos en clase. Como el aula estaba en un tercer piso y la facultad no tenía ascensor, mi amiga guiaba al maestro, aparte de leer lo que le mandaba.

Así conoció a la Kodama, de la que me hizo un retrato físico y moral de lo más gracioso. Y, tirando por la Kodama, hablamos de María Esther Vázquez, adorable dama, galleguista emocional, buena persona donde las haya, que, antes de la Kodama, fue lo que fuese de Borges pero no se le quedó con los derechos de autor. Confieso haber hablado mucho con María Esther, sin hurtar preguntas indiscretas cuyas respuestas ella dio en una biografía famosa.

También traté a Zélia Gattai, segunda mujer de Jorge Amado, maestro de la Literatura Universal escrita en portugués. No sé quién era más amable de los dos. Conservo como oro en paño sus cartas con comentarios sobre mis vanidades literarias. La memorialista Zélia y el novelista Jorge se complementaban, parecían un verdadero matrimonio.

Por razones de proximidad ferrolana, don Gonzalo Torrente me trató paternalmente y perdonaba mi crítica continua: que no escribiera en gallego cuando lo hablaba tan bien. Fernanda era su segunda esposa, mujer dedicada a él y a su prole, maternal para los que podíamos ser sus hijos, legítima sin dudas pues casó con el genio cuando ya era viudo. La recuerdo con cariño.

Ningún cariño le tengo a Pilar del Río pues la considero parte de la caverna españolista madrileño-sevillana, que siempre miró a los autores gallegos –y a los portugueses– con desdén estúpido (nunca hablé con ella sobre Eça de Queiroz, pero quizá piense que Clarín era más por haber escrito en castellano). De todas las esposas devotas, esta es la que más –que yo sepa– influyó en su adorado, tanto que de anciano “don José” hablaba portuñol y españolés, dependiendo del momento, y escribía casi en patois luso-castellano. Ya se ve que yo no le tenía mucho afecto al matrimonio (a él ya lo conocía en Lisboa, antes de que la lozana andaluza se cruzase en su camino).

Y podría hablar de más señoras de estas que, en mayoría, se enamoraron –al parecer– de un viejo o proto-viejo y acabaron administrándole todo, hasta donde morir, como la Kodama a su ciego (siempre le dije a María Esther que no sé para qué lo trajo a Compostela, que, como Granada, es una ciudad para ver). Pero me voy a ceñir a una que me parece la más chusca de todas las de mi galería particular. La conoceréis por sus obras.

Es pequeña y cabezuda. Se teñía de rubio y me ponía nervioso cuando aparecía por mi despacho, se sentaba ante mí, bajaba la cabeza y me ensañaba la raya de pelo negro, los milímetros que denunciaban días sin tinte. También me enseñaba el canal de Suez provocadoramente, sin saber que no me atraen las mujeres desproporcionadas.

Ordené a mi secretaria que me la desviase; y el desvío no tuvo que durar pues, por suerte, mandaron aquella rubia falsa a entrevistar viejos que se podían morir. Así llamó Cupido a su puerta; o, mejor dicho, así entró ella con Cupido por la puerta de uno de los sujetos más chulos que he conocido.

Se casaron y una vez el viejo, baboso, enamorado, se permitió en un congreso del Pen Club hacer hacia ella el gesto infantil de burla consistente en apoyar el dedo gordo en la nariz y mover el resto de los dedos casi estirados. Estaba en la mesa presidencial junto a los mencionados Amado y Torrente, entre otros. Le importó un bledo aparecer en las televisiones haciendo tamaña ridiculez.

¿Cómo fueron sus amores? Pues dejadme que os diga algo: en cierta ocasión estaba el viejo en la mesa de al lado de la mía en un restaurante alardeando de que “ninguna” se la había chupado como ella (literalmente, sí, que tengo testigos). Hacía poco que lo había entrevistado una inglesa de apellido Hornblower, por lo que se me ocurrió publicar en prensa algo sobre el significado de “to blow” para el caso de “horn” y para el otro caso. El tipo mordió el anzuelo (aún no padecía demencia senil) y armó las de dios es cristo. Aquello estuvo a punto de tribunales.

Pero, el amor es el amor, y –aunque el informante franquista contase cosas de alcoba– debieron de ser felices, sobre todo ella, pues se consideraba marquesa por nombramiento del Bobón heredero de Franco. Ser marquesa la sublimaba.

Muy lejos de la casa en la que vivían estos marqueses bobónicos (estábamos en Rio de Janeiro), una agente literaria me contó que la cabezona del pelo teñido no le dejó entrar en el cuarto de baño cuando ella, que acababa de llegar en coche, se estaba haciendo pis. Le pidió paciencia, hasta que apareció con una muda de toallas… marcadas con coronita y las iniciales MC.

Después la vimos de viuda compungida, de administradora de fundación y, últimamente, de vendedora de propiedades por culpa de un pleito perdido. No la vimos en la cárcel porque en este país de sinvergüenzas, de gobiernos que no controlan los cuartos que dan (quizá porque algún ministrillo de Cultura comparte robo), no es costumbre encarcelar ladroncetes.

Ahora no sé qué hace. Tal vez recuerde vagamente el Desfile de Estrellas provinciano que la convirtió en lo que mejor supo hacer, de locutora. Pueda ser que tenga “saudades” (queda bien en galaico-portugués, mejor que “nostalgia”) de la muchachita de ciudad portuaria que hablaba en una emisora de curas y se casó con un marino mercante.

La verdad es que la criatura no me llegó a hacer ningún mal de bulto, y que le deseo una viudez como le corresponde: con una pensión adecuada, que le permita andar con algún mozo no muy exigente, ni de dinero ni de sexo. Tuvo una época terrible, cuando hubo que echarla de un periódico por las tonterías que le pagaban caras, en condición de esposa de monstruo literario (y físico, que parecía una boya-baliza); pero, a lo mejor, si le editan bien corregido lo que sabe, nos podría ilustrar muchísimo hablando del zoo que gozó con ayuda del señor marqués.

Desde estas páginas la invito a que imite –en lo que pueda, claro– a Zélia Gattai, con la advertencia de que hay otros con seria trayectoria literaria dispuestos a convertir en historia lo que por hoy es intrahistoria.

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