De Rato a Mato

Amigos españoles: en un momento como este, cuando de la Caverna Madrileña brotan nombres y apellidos manchados por la desvergüenza, a los viejos se nos puede venir a la memoria algo simpático, picante o agridulce. Por ejemplo, ahora me estoy acordando de cuando conocí a un personaje de apellido curioso, quizá totémico como otros tantos.

Para quienes piensan en lenguas astur-galaico-portuguesas, “rato” no es un espacio temporal reducido sino un animalito. Donde hay hórreos, se llama “tornarratos” (del verbo “tornar”, volver) a unas piedras horizontales metidas entre las patas del pequeño edificio y él mismo. Los ratones son muy listos (de ahí, el apellido totémico Rato) pero nunca consiguieron caminar en horizontal bajo una superficie lisa.

Bien. Hace mucho que vengo pensando que Rodrigo Rato nunca se topó en su vida con un torna-ratos; y ya acabamos de ver que tampoco con un torna-tarjetas oscuras…

Pero vayamos a como lo conocí, que tiene su coña:

Fue en una fiesta del vino albariño en Cambados. Como caballero “capado” de la Irmandade dos Vinhos Galegos, vestía yo lucida capa y chambergo; igual que don Manuel Fraga exhibía los elementos correspondientes de la Confraría do Albariño.

Me desplazaba a los retretes del parador de turismo, a aliviar la vejiga antes de que empezase el “xantar de irmandade”, cuando me vio don Manuel, quien se encontraba hablando con su cuñadísimo don Carlos Robles (este, apoyado en un bastón). Por no perder sus costumbres, don Manuel me llamó y me espetó, sobre la marcha, una pregunta acerca de la cobertura de la Televisión de Galicia… para, a continuación alabar mi capa, ingeniosa, doble, con opciones de invierno y verano (diseño de Roberto Verinno); y, de inmediato, para decirme que hablase con su secretaria porque teníamos que ir a cenar al restaurante Vilas de Santiago. Quería que yo lo informase sobre un asunto de transferencia de tecnología.

Por las caras del cuñadísimo, entiendo que cualquiera se confundiese oyéndonos a Fraga y a mí. Habría que saber el porqué de nuestra conversación confianzuda y saltarina: como diría don Manuel, nos conocíamos desde 1959; y en rara condición, porque “por culpa de este señor –dijo cierto día, apuntándome– a mí me cortaban la cara”. Cierto: yo era un chaval que aprendía a tocar la guitarra con el peluquero-músico de Pontedeume, quien, mientras daba lección, a veces se despistaba… y eso podía ocurrir cuando el poderoso ministro de Información y Turismo era rasurado.

El caso –volviendo a Cambados– es que fue el propio Fraga quien me urgió a seguir camino hacia los urinarios (de donde acababan de llegar su cuñado y él). Y allá fui, me arrimé al mingitorio separando la capa con los codos y relajé el esfínter.

En tal situación me asaltó (verbalmente) un tipo que había a mi lado, impropiamente vestido para la ocasión, báquica pero formal, con remera colorada y pantalones azulillos.

Por lo que le decías a Fraga –se delató–, veo que eres ingeniero de telecomunicación, ¿no?

Cada cual con su instrumento en la mano, tuvimos una breve conversación que condujo a otra algo más larga con las braguetas cerradas, porque aquel tipo no se me desprendía y me acompañó hasta la mesa principal del banquete, al sitio que yo tenía marcado.

Lo que me vino a decir es que el Pep Borrell, poderoso ministro del PSOE, los tenía jodidos a los peperos con la historia de la Ley del Cable; que no dejaba privatizar la Telefónica siguiendo el modelo Thatcher con la British Telecom; que el PP quería conocer la postura del Colegio de Ingenieros de Telecomunicación… y ahí me perdió la vanidad, porque le dije que era miembro de su junta directiva.

El pesado del tipo siguió de pie a mi vera cuando yo ya estaba sentado, sin la puta capa pero con traje de verano y corbata. Dale que dale con que el decano del Colegio fuera a hablar con una tal Ana Mato (ni idea de quién coño fuera a ser tal tía). Hasta que me cansé y le dije la verdad:

-Mira: en la junta del Colegio a nadie se le pasaría por la cabeza hablar con el Partido Popular; y el decano tiene una agenda muy complicada. En todo caso –concluí cuando me sirvieron la vieira de entrada–, esa Mato es quien se debería dirigir a la secretaria del decano…

Así fue: una Ana Mato (de apellido tan galaico como Rato) acabó hablando con el decano, no sin antes este haber sometido la entrevista a aprobación por junta, pues el Colegio era parte en la redacción de la ley que iba a cambiar el panorama de las telecomunicaciones en España.

Como los asuntos de consejo no se deben revelar, me reservo el comentario que nos hizo el decano sobre el tándem Rato-Mato en la siguiente junta de directiva. Sí diré que nos reímos mucho.

Y la vida siguió adelante. Entró a mandar el Tintín Aznarín y puso a un ratón al mando de muchas cosas. La verdad –debo reconocerlo– es que el asturianín (de raza, que es madrileño) me pareció bastante mejor ministro que el resto de los paletos que obedecían al amigo de Bush. Por lo menos hablaba inglés bien…

Más tarde coincidí con él en Viveiro, pues estaba casado contra una señora de tal procedencia. Tomamos algún vino y vi que me recordaba, con capa y sin ella.

Luego se retiró el Aznarín, el Mari Ano dio un mal paso, perdió, y Rodrigo se fue a mandar un montón, al FMI. Cualquier día nos vimos de frente al embarcar para Washington pero ya no me debía de recordar, porque no correspondió a mi mirada con intención de saludo.

Después me dijo una amiga de Viveiro que había dejado a “la de Canosa” (así se habla en las villas ilustres) y se arreglaba con una secretaria o algo así.

Más tarde, con perilla y sin pelo, volvió a la Corte de los Milagros Zarzueleros y ya conocéis el resto.

Confieso que me jode no poder hablar con don Manuel, para oír de nuevo lo que me decía antes de largar sus andanadas a la línea de flotación de los que se le atravesaban: “Amigo Alcalá, no ponga en mi boca esto que le voy a contar…”. ¿Qué diría ahora el viejo Patrón de las Galicias, que no de las Españas (pues ese es el Apóstol, Santo Adalid) si viese lo que pasa en la Corte de los Milagros Zarzueleros? La verdad es que nunca le vi usar tarjeta de crédito, de ningún color.

La imagen de portada de esta entrada es un fragmento de una imagen mayor publicada por El País.

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