El porqué de todo esto

BA cidade do libro“El nacionalismo se cura viajando”. Cada vez que oigo o leo esta frase siento la necesidad de contestar que mi experiencia no es esa: cuanto más viajo, más nacionalista me hago… de más naciones, las que están en los mapas y las que existen solo en algunas mentes. Para mí “nación” es un grupo de personas —desde una aldea o un barrio a un estado enorme— que sienten en común y hablan de una manera particular. Y, según las conozco, las voy queriendo.

Hace 44 años conseguí mi primer pasaporte. Me lo tiró por encima de la mesa el policía responsable de entregármelo mientras me decía: “Te lo doy porque tu padre es mi médico”. Así eran de chulos los polis franquistas.

Desde entonces viajé más de lo que viaja normalmente la gente. No sería capaz de recordar cuántas veces crucé el Atlántico, océano que separa y junta vidas; que daría sustancia a tantas de mis “fantasías” (como llamaba don Gonzalo Torrente a las invenciones literarias). Del mundo me falta mucho por ver pero también vi y sentí mundos en Europa, África, América y Asia que me emocionaron. En esos mundos (insisto, unos pequeños y otros grandes) conocí naciones que me invitaron a formar parte de ellas.

Ahora bien, esto de las naciones es como la lectura: es imposible leer todo y —como diría Borges— uno se puede sentir más orgulloso de lo que leyó que de lo que escribió. Leemos libros que encontramos por azar, o buscados porque algo nos incita a leerlos, tal vez una sospecha. Eso también pasa con los lugares y los pueblos que habitan el mundo. Lo primero que amamos los humanos normales es la tierra donde nos hacemos conscientes, y la gente que nos hace gente con ella. Por mucho que pese el ego, cualquiera ve que no existe si no es con el apoyo de los que existen a su alrededor.

Yo nací castellano por cultura y habla, que era bien clara en boca de mis mayores. Aprendí a hablar en castellano, pero en mi infancia se hunden las raíces de otra lengua que no existía ni en la escuela, ni en la radio, ni en los letreros de la calle. Se la oía hablar a los compañeros en el recreo y era utilizada por el maestro para hacernos aprender, por contraste, a escribir bien en castellano. También la hablaban las criadas, que hacían maravillas para pronunciar el castellano de los señoritos. A mí, una que se llamaba Antonia siempre me llamó Ghrabiel, algo parecido a como ella pronunciaba Gabriel y aproximado a Javier.

Me estoy refiriendo al gallego, que pasó de lengua excelsa de la lírica medieval ibérica a patois impresentable tras cuatro siglos de “doma y castración” organizada por el nacionalismo españolista.

Me crié en Ferrol y su amplia Ferrolterra. Mis amigos eran “de aldea” en una gran proporción, y por las aldeas eumesas pasé infancia y adolescencia recibiendo el idioma proscrito que entraba en mí de manera osmótica.

Hasta que llegué a estudiar la carrera a Madrid nunca había estudiado gallego, que, sin embargo, hablaba con soltura. Fue en Madrid donde recibí las primeras clases de manera clandestina. Las daba un gran luchador galleguista, Fernández Oxea, en el Club de Amigos de la UNESCO.

En los años de universidad suelen cuajar las posturas ideológicas. Mi apuesta por el gallego como lengua de instalación literaria es de entonces. Quien tenga paciencia, navegue por la web y vea lo que hay sobre la nova canción galega y, particularmente, sobre un cantante ferrolano llamado Andrés do Barro. A pie de varias de sus letras está mi firma.

Después vendrían las crónicas, las narraciones cortas, las novelas y los libros de viaje. Todo con la marca de vivencias que van llenando el universo de cada narrador. Y de ahí, las naciones favoritas, con sus personajes, en mi caso tantas veces emigrantes o hijos de la emigración.

Cierta vez un croata me dijo que la diferencia entre Yugoslavia y España estaba en que la nación de Tito nunca había sido nada, mientras que España era una civilización. Cierto, y yo no niego España como no renuncio a mis padres o al lugar ignoto donde nací, en medio de la Mancha. Pero mi gente son los gallegos, principalmente de tribu ferrolana; como lo fueron de inmediato los portugueses, quienes hablan un dialecto galaico (que sería gallego si la capital de Portugal se hubiera quedado en Oporto). Y Cupido me llevó a querer a los argentinos, nación de castellanohablantes que ya conocía desde pequeño pues en Galicia todo el mundo tiene parientes indianos en Argentina y en Cuba.

¿Cuál es el universo de mis vanidades literarias? Por lo que fui viviendo y escribiendo, quizá habría que dividirlo en tres partes principales, que coinciden con los idiomas que hablo, leo y escribo: la galaico-luso-africano-brasileña, la hispánica y la anglosajona. Ahí me caben muchas naciones queridas, aunque quiera a otras, como las europeas, pero no de la misma manera: las hablas condicionan pensamientos y sentimientos. Uno pertenece por completo a las que imita sin esfuerzo: en Bruselas, donde paso la mitad del tiempo de trabajo, mi filtro de cariños funciona a oído entre dos docenas de idiomas.

Así, llegado a la altura de la vida en que muchas personas se abandonan a la nada de la jubilación, la vanidad de escritor me obliga a querer que mucha gente participe de lo que escribí, lo que estoy escribiendo y escribiré mientras la salud me lo permita. Por eso, desde hace años me esfuerzo en la idea de que mi discurso llegue al mayor número posible de personas que lo puedan gozar. Y, como las que mejor me entiendo a la hora de conocer sus reacciones son las que se expresan en galaico-portugués, en castellano o en inglés, intento que mi contribución a la Literatura, se vaya conociendo en esos idiomas. También miro por las que hablan francés, que comprendo fácilmente.

Quien se pasee por las plataformas de venta de libros de la web verá que aparecen decenas de títulos firmados por mí. Observará que distintos editores los ofrecen en gallego y en castellano, en formato tradicional o electrónico. Afinando, observará que, entre esos títulos hay alguno que solamente se presenta en versión castellana, en formato ePub y a precios muy bajos.

Eso forma parte de otra idea que me movió desde que empecé a escribir (cuando un ingeniero de Telecomunicación como yo no podía imaginar la revolución que causarían los conceptos de Internet y web). Siempre escribí por placer e intenté ganarme la vida con independencia de la Literatura. No me hagáis caso, pero creo que es una indecencia ser artista y querer vender el Arte.

Escribir es algo que podemos hacer todos. Pero, por fortuna para los humanos normales, solo somos escritores unos pocos desequilibrados que ponen su mente en orden a través del Arte Literario. Por eso, respetando acuerdos con los editores de siempre, entregué a otros nuevos, los de Algueirada, unos originales que convirtieron en archivos de ePub y colocaron en las plataformas con el precio mínimo posible para compensar los gastos de edición digital.

Por los precios conoceréis qué libros son. Para mi satisfacción, Argentina es el más comprado, y no desde Argentina. Está formado por una sucesión de visiones del país inmenso e inmensamente querido por mí, desde La Quiaca, donde se junta con Bolivia, hasta Ushuaia, en la misteriosa Tierra del Fuego.

Nada me gustaría más de los que leéis mis libros que saber si os emocionan de alguna manera los que podéis conseguir de formas diferentes, aunque mi mayor curiosidad se dirige a los que aparecen en formato digital a precio mínimo.

¿Cómo comunicaros conmigo? La telemática permite que lo hagáis en este blog, por Twitter o en mi espacio de Facebook. Siempre seréis bienvenidos porque los escritores de verdad no escribimos para nosotros sino para vosotros que, a veces, os acabáis convirtiendo en personajes, como espero demostraros no tardando.

Vayan ahora mis vanidades traducidas al castellano. Seguiremos presentándooslas; como se presentarán en inglés (ved lo que ya hay en la revista Brit Es) y, quién sabe, en francés. Si alguien se atreve a verterlas a otros idiomas…, haremos trato.

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